Ángeles de la guarda en la era del “todo a un click”

Escrito por | Actualidad

¿Os habéis parado alguna vez a pensar en cómo eran las cosas cuando no había, como mínimo, un ordenador en cada casa y los móviles no eran más inteligentes que las personas?
¿Recordáis cómo era todo cuando solo había dos o tres cadenas de televisión?
¿Cuándo las amistades y los matrimonios duraban toda la vida?

No, no es que esté nostálgica hoy. Es que hace mucho tiempo que pienso que cuanto más fáciles nos ponen las cosas, más vagos nos hacen a todos. Y no me refiero únicamente a que te traigan la cena, la compra, un medicamento o un par de zapatos a casa. No me refiero a que no haya que salir de ella ni para ir al médico porque existen ya aplicaciones web y móviles que te conectan con médicos de cabecera las veinticuatro horas del día, que hasta te pueden extender recetas por Facetime o Skype.

Me refiero a las relaciones personales.
Estamos a un click de todo: de comida, de Paracetamol, de ropa para esta noche, de que vengan a recoger una americana y nos la traigan de vuelta limpia y planchada. Y a un click de hacer y deshacer nuevas amistades, de comenzar y terminar relaciones de pareja.

Antes todo nos importaba más. Llevábamos todo el cuidado del mundo porque no cambiábamos de zapatos cuando salía una nueva tendencia, cambiábamos cuando nos los habíamos cargado o se nos habían quedado pequeños. Lo mismo pasaba con el vídeo (VHS), no comprabas uno nuevo cuando salía otro más futurista. Lo cambiabas cuando se había tragado una cinta o había roto cinco y el señor de la tienda te decía que ya no tenía arreglo posible.

Lo mismo ocurría con las relaciones: las cuidabas. No las desechabas en cuanto tu amiga no te había devuelto una llamada o no rompías con tu pareja si a él le gustaban las motos y a ti no.

Todo duraba más antes. Hoy en cambio, todo viene con fecha de caducidad establecida: obsolescencia programada. Los móviles, los hornos microondas y las relaciones.

Voy a probar con Perenganita a ver qué pasa y si no funciona, que me quiten lo “bailao”.
Sí, estoy quedando más con Pascualita pero como vuelva a salir de fiesta sin mí, la borro y bloqueo en Facebook, Whatsapp e Instagram y se acabó.

Con todas nuestras gónadas. ¡Si al fin y al cabo nos va a costar tres clicks encontrar nueva amiga, nuevo novio! Pues los usamos mientras no haya nada mejor o mientras nos ofrezcan absolutamente todo lo que pedimos y no reclamen nada a cambio y cuando dejen de ofrecernos su vida misma y sean ellos quienes necesiten algo, click bloquear y siguiente match.

Y lo hacemos todos, ¿eh?, aquí quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.
No queremos dificultades ni retos: lo queremos todo a cambio de nada. Queremos maximizar beneficios sin inversión inicial o con una inversión mínima: un like, un fav., un tweet, una copa. Cuidado, no vaya a ser que haya sentarse delante de alguien, sin el móvil encima de la mesa y en modo silencio y haya que hablar. Y si hay que abrirse un poco a la otra persona, (a)paga y vayámonos.

Creo que el concepto budista del desapego no se refería precisamente a esto, eh. Para mí que no era una cuestión de consumir personas como consumimos pasta de dientes, datos móviles o camisetas.

Y en este contexto, en esta era en la que nos movemos, más a la deriva que nunca pero con mayor sensación de control de la que jamás tuvieron otras generaciones (qué ilusión más lograda, esta que nos venden), nos lo ponéis muy difícil a cierto tipo de personas. Sí, me incluyo en el grupo. Pero no sé cuanto tiempo más voy a ser capaz de permanecer en él.

Os hemos hablado un centenar de veces ya de los perros pastores, ¿recordáis? Pero hay una dimensión de ellos en la que nunca hemos ahondado: el don de la intuición, de aparecer en el lugar correcto en el momento adecuado. No hemos hablado nunca de esos perros pastores que están a vuestro lado sin que os deis cuenta: vuestros Ángeles De La Guarda.

Pero ¿qué dice esta tía ahora, se ha dado un golpe con el cabecero de la cama al levantarse o qué? No, querido/a lector/a: hoy voy a hablarte de algo que siempre ha existido, solo he venido a recordártelo, a desempolvar de tu memoria cosas que ya no recuerdas como lo que fueron, a intentar abrirte un poco los ojos. Porque nos estáis poniendo muy, muy complicado hacer lo que vinimos aquí a hacer.

Vinimos a ayudarte. Vinimos a acompañarte en un momento delicado de tu vida en el cual la gente que rodeaba, no bastaba (nuestro cículo más íntimo de amistades nos limita muchísimo, aunque no lo creáis, pero de eso hablamos en otro momento si queréis).
Tú pediste ayuda y nosotros sentimos esa necesidad tuya de ser rescatadx y acudimos en tu auxilio. (Otro día si queréis os cuento cómo funciona lo de pedir ayuda sin mediar palabra, es un tema que mezcla espiritualidad y neurología a partes iguales, no sé si os interesará así que voy a pasar de puntillas por él en esta entrada).

¿Conocéis esa leyenda que dice que un vampiro no puede entrar en casa de un no vampiro si no se le invita, si no se le dice claramente puedes pasar? Pues algo parecido ocurre con los ángeles de la guarda.
Nosotros siempre estamos a vuestro lado, siempre, esto quiero que os quede bien claro. Habrá momentos en los que no nos veáis y no os hablemos, momentos en los cuales no sintáis nuestra presencia. Pero creédme, estar, estamos.
Pero si os alejáis de nosotros, nos ponéis muy difícil ayudaros.

Pensadlo en términos de psicoterapia (psicólogos o coaches): cuanta más información tienen, mejor pueden trabajar.
Cuando nos cerráis el acceso a lo que os ocurre, solo nos queda nuestra intuición para trabajar. Y eso no es mucho, que digamos. En mi caso antes sí lo era, tenía una intuición tremenda y podía ayudar a gente sin que me comentase una sola de las cosas que le ocurrían.
Pero en un momento dado me cansé, era agotador recibir peticiones de ayuda de gente que a veces, ni conocía. Y al no conocerla, no tenía información con la cual trabajar. Me agoté y renegué de esa intuición, la bloqueé.
En cambio hace unos años, volvió. Volvió porque estaba en el lugar exacto para que apareciera y porque la gente a la que tenía que ayudar, si no con palabras, con la mirada, con sus gestos, pedía ayuda a gritos. Por la situación y el entorno en los que me encontraba, tenía en mi mano la información que necesitaba para operar.
Pero aquello terminó, mi tiempo en aquellos lugares acabó pero la intuición se quedó conmigo. He acabado por entender que no tiene sentido que intente reprimirla, esto es lo que soy, para bien o para mal, y si puedo ayudar a alguien, lo haré, no me importa quién sea esa persona, si la conozco, si no; si me costará más o me costará menos.
Pero es muy frustrante saber que si tengo la certeza de que necesitas ayuda es porque puedo dártela y que no me dejes entrar. Desde la distancia no hay mucho que pueda hacer.

Veréis, os encontráis con nosotros, gente que cree en la vida, en la amistad, en el amor, en ayudar desinteresadamente, en la magia, en los detalles, en intentar hacer de este mundo un sitio un poquito mejor y en concreto, de vuestra vida, algo un poquito más mágico.
Y ora no nos dejáis entrar, ora nos destrozáis.

Al principio pensáis que somos más raros que un perro verde. Vaya percal de tix, de dónde saldrá, de qué institución mental se habrá escapado.
Cuando nos empezáis a conocer, os da por que no os merecéis lo que hacemos por vosotros, siempre pasa. Lloráis cuando tenemos un detalle, lloráis cuando decimos exactamente lo que necesitabais oír.
Se os agolpan los gracias entre la lengua y el paladar. Nos subís a un pedestal y juráis agradecernos lo que hacemos por vosotros de por vida. Nos juráis y perjuráis no hacernos daño nunca, no marcharos nunca.

Pero llega un momento en el cual nada es suficiente para vosotros. Os acostumbráis a que os lo demos todo sin siquiera pedirlo, os acostumbráis a las sorpresas, a los detalles, a las muestras de cariño. No solo no les dais ya importancia si no que necesitáis más.

Antes bastaba una palabra, después una conversación, luego un abrazo, más adelante todo lo anterior y una tableta de chocolate. Y esa tontería que visteis un día en un escaparate. Y esa tontería más grande que visteis en una tienda. Y un viaje de fin de semana. Un viaje de una semana. Todo lo de antes y súmale un ático en La Castellana. Un chalé en Ibiza. Y un coche. Y, y, y.

Ya no basta con una conversación, con un abrazo, una caracola de la playa que hará las veces de talismán.

Os habéis acostumbrado a que os demos todo lo que queréis sin pediros nada a cambio.

Que no se nos ocurra entonces no querer hacer alguna de las cosas que, no ya pedís, ahora demandáis, cuando las demandáis, nos convertiremos en personas abominables.

Todo lo que os decimos os suena a disco rayado. Ya no tiene sentido para vosotros.

Y lo peor que puede suceder es que se nos ocurra pediros algo: ven conmigo a tal sitio, por ejemplo. Ya no lo consideráis un privilegio o un detalle precioso, como os ocurría al principio, ahora lo veis como una exigencia injustificada: nosotros somos donantes, proveedores de todo lo que se os antoje. Vosotros receptores. Se han cimentado esos roles entre ambos y son inamovibles.

Os cansáis, porque todo cansa, especialmente lo que fácil llega. Porque ojo, sois de la era del todo a un click, sí, pero tiene que tener su justo puntito de dificultad y espera antes de que el click se materialice instantáneamente en la puerta de vuestra casa.
Una vez que ya lo tenéis y le habéis sacado todo el jugo, os cansa. Y queréis el próximo juguete nuevo.
No creéis en nada a largo plazo, no creéis en la lealtad, que es más importante aún que la fidelidad.

Cuando nos vais apartando de vosotros a la espera de algo nuevo, nos vais rompiendo. Estamos perdiendo valor a base de haberos malacostumbrado y mimado y lo sabemos.

Y mirad, francamente, no me cabe en la cabeza: encontráis a alguien que se las ingenia cada día de una manera diferente para ayudaros, que se esfuerza sin descanso por ganarse un lugar en vuestra vida, alguien que pelea por mantenerlo, alguien que lo daría todo a cambio de veros sonreír, alguien en quien podéis confiar ciegamente sabiendo que nunca, jamás de los jamases os traicionaría y os lo ha demostrado y está dispuesto a seguir demostrándolo un año, un trienio más. Alguien que siempre os escuchará, que siempre tendrá una solución para cada uno de vuestros problemas; alguien que os inspirará cuando os estanquéis, que os guiará por nuevos caminos que sabe que os llevarán a sitios en los sabe que os hará mucho bienestar.

Alguien que os ayuda a mejorar, un refugio en medio de la tempestad, una tumba a la cual confesarle la más turbia de vuestras cavilaciones, la inseguridad que más os pesa y frena a día de hoy, el trauma que más ha contribuido a que seáis la persona que hoy sois.

Alguien que os ayudará a superar todo eso. Un ángel de la guarda, leche, lo que es un ángel de la guarda de toda la vida de Dios. Y lo trituráis a base de indiferencia, de distancia, de frialdad, de desplantes, de exigir la luna sin darle al ángel ni agua para hidratarse si un día no lleva una botella encima.

Pensáis que el ángel siempre estará porque es su obligación.

Pero os equivocáis. Hay mucha gente ahí fuera que necesita un perro pastor, un ángel guardián. Nuestro trabajo no sois únicamente vosotros y no termina nunca.
En algún momento, si no sabéis cuidar un poquito de nosotros, nos iremos. Cuando consideremos que estáis en un lugar lo suficientemente bueno como para poder continuar el camino sin nosotros.
O cuando sintamos que ya no podemos más. Que estamos sufriendo y no merece la pena porque nosotros ya no podemos ayudaros más. Necesitáis otro tipo de ayuda, otro tipo de persona.

Nadie, se queda eternamente atado a una piedra que debe arrastrar continuamente, que le corta la circulación del tobillo y puede ir cercenándoselo poco a poco.

Ahora solo me queda daros un consejo:

Si alguien que no sabéis de dónde sale os encuentra.
Si sentís que podéis confiar en esa persona, aunque no la conozcáis o lo hagáis muy poco.
Si sentís que de alguna forma esa persona sabe, sin que se lo hayas contado vosotros ni nadie de vuestro entorno, cosas que os están ocurriendo, si saben que lo estáis pasando mal o que estáis raritos sin que nadie haya podido darles esa información.
Si esa persona os ha cuestionado alguna vez y como consecuencia de ello os habéis dado cuenta de que estabais haciendo algo mal o podíais hacerlo mejor. Si de ese cuestionamiento ha salido algo positivo para vosotros.
Si os dice lo que necesitáis oír aunque no necesariamente queráis hacerlo pero sabe cómo decíroslo, cómo guiaros a través de ese amargo trago.
Si busca formas de ayudaros, de sorprenderos, de mimaros.
Si cree en el altruismo, en la vida, en la amistad, en el amor, en la magia, en que los planes improvisados son los mejores, en que no hay tarta y broma tonta que no arregle un mal día; si cree que sois la cosa más maravillosa que han visto sus ojos en años; si os dice que siempre va a estar a vuestro lado y aunque a veces penséis que se ha ido, aparece con la palabra adecuada en el momento correcto…; si os parece una persona rara, una loca cuerda, si parece que nunca se toma nada en serio pero un rasguño en vuestra rodilla le preocupa; si es capaz de escribiros solo para dejaros ver con una bobada que está pensando en vosotros, si os deja un post-it en la nevera con vuestra cita favorita de vuestra película o vuestro libro favorito; si os escribe un cuento para que lo leáis el día que sintáis que todo va mal y el mundo está en vuestra contra; si sabe estar a vuestro lado en silencio hasta que decidáis pronunciar la primera palabra, si saber estar estando lejos, no diciendo nada, no dejándose ver, solo respetando vuestro espacio; si os canta canciones tontas, si os tira un cojín a la cara justo cuando se viene el susto de la escena, si pasa por vuestro lado y os besa la cabeza mientras estáis distraídos trabajando; si sale corriendo a las tantas a la noche después de un eterno día en el curro porque piensa que estáis mal y necesitáis alguien que os haga compañía; si os dice que todo mejorará, que todo irá bien cuando no le habéis hablado de vuestros miedos pero necesitabais oírlo; si se acuerda de algo insignificante que le comentasteis, de pasada, hace ocho años; si os deja la última croqueta o la última cucharada de tarta; si os dibuja un tumor en una pared; si se disfraza de Whitney Houston o de Marwan para llamaros por FaceTime y cantaros una canción para que os riáis y alegraros el día; si daría su propia vida por haceros sonreír… coño, dejad entrar a esa persona. Cuidadla. Mimadla. No hagáis nada que la pueda dañar, que la pueda alejar de vosotros.

Porque es un ángel de la guarda. No le cortéis las alas, no apaguéis su luz. Porque sin su luz no podrá iluminar vuestro camino.
Con ella, el camino será más divertido y os evitará cualquier peligro. Sin ella, os tropezaréis mil veces con las piedrecitas que no podréis ver en la oscuridad.

No nos apartéis. No nos apaguéis. Hemos venido para hacer de vuestra vida una experiencia más consciente, más valiosa y más entretenida. Aprovechadlo. Porque cada día van quedando menos ángeles de la guarda en este mundo en el que nos ha tocado vivir.

Última modificación: 5 agosto, 2017

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