El autobús escolar: aquellos choferes beodos

Escrito por | Mapaternidad

Antes de nada, debo comentaros que a mis 33 años me estoy sacando el carné de conducir. Aprobé el teórico en tres semanas por ciencia infusa y sin pisar un solo día la autoescuela, solo haciendo test con la app del móvil cada vez que mis dos hermosas criaturas me daban un chance.

Ahora, me hallo a la espera de que haya sitio para comenzar las clases prácticas; pero no. El motivo de este post no es sembrar el pánico, tranquilidad.

Lo que pasa es que este tema viene a colación de que actualmente vivo en las afueras, por lo que a menudo necesito el autobús para acercarme a la ciudad entre que me saco el carné y me mudo nuevamente, que estoy hecha una nómada de la vida por sí misma.

El otro día, iba yo en el bus de línea cuando el conductor fue parado por la policía local para un control rutinario y le hicieron soplar. Dio 0’0.

Entonces, tuve un deja vu que ríete tú de la bachata esta de Shakira.

En mis tiempos, la jornada continua no existía. Total, que el autobús escolar nos traía y nos llevaba un total de cuatro veces al día.

Aquello era un sin dios donde íbamos sin cinturones, sin monitor, peleándonos, lanzándonos cosas, cogiéndole el micrófono al conductor para meternos con la gente que pasaba y otra larga lista de gamberradas carne de Hermano Mayor.

A mediodía, después de comer, solíamos pasar al bar a por gominolas y allí estaba nuestro conductor, de vinos.

Por la tarde, entre que paraba a esperar la salida de uno de los tres colegios del pueblo cuyos niños transportaba, nos dejaba solos en el vehículo para irse a un bar cercano a tomarse otro vino.

Y lo veíamos como normal, porque a nadie le extrañaba, nadie se quejó nunca y nosotros aprovechábamos su ausencia para liarla en el bus hasta que él llegaba enfadado y visiblemente perjudicado, al grito de “me cago en Dios, ¿qué cojones hacéis?”.

Muchos años después, aún no entiendo cómo nunca tuvimos un accidente y me horroriza lo aceptado que estaba socialmente el consumo de alcohol durante la conducción.

Porque este no era un caso aislado, ya que el conductor del autobús de mi mejor amiga, San Dios, a quien apodábamos así por su continua muletilla “me cago en San Dios”, tampoco lo hacía mal. Ese bus daba aún más miedo, pues era llamado el acordeón porque se doblaba por el centro y los niños iban sentados de tres en tres.

Que no quiero meter en el mismo saco a todos los choferes de aquella, que gente abstemia y responsable ha existido siempre, pero es una realidad que esto sucedía.

Durante mis años en el autobús escolar, que fue casi toda la EGB, se solían alternar varios conductores de la empresa de autobuses y todos nos esperaban siempre en el bar y ninguno tomaba agua.

De solo pensar que un hijo mío pueda viajar hoy en esas condiciones, se me pone la carne de gallina.

Que luego la vida es paradójica, porque en el autobús universitario tuvimos dos accidentes dos días seguidos, que en uno la Lopez se comió el cabecero del asiento delantero, y allí nadie había bebido una gota de alcohol.

Al igual que en muchos otros temas, resulta tranquilizante que nuestra sociedad haya avanzado mucho en relativamente pocos años y que, las raras veces que uno da positivo a alcohol o drogas, sea noticia nacional.

Última modificación: 30 agosto, 2017

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