Beyond everything

Escrito por | Sexo

Si te has enamorado alguna vez en la vida, lo sabes. Cuando alguna gente me dice a veces yo no sé si me he enamorado alguna vez, automaticamente les contesto que no, que no lo han hecho, porque cuando has estado enamorado, enamorado de verdad, lo sabes y no albergas duda alguna.

Yo me he enamorado, claro que sí, a estas alturas quien no lo sepa es que no ha leído nada de este blog. Me he enamorado hasta la locura, hasta el dolor, hasta hacer y decir cosas que jamás pensé que fuese capaz de adoptar como propias. Me he enamorado hasta el fondo de mi alma, con todo lo que soy, todo lo fuí y todo lo que probablemente seré.

Ese tipo de amor deja cicatrices, en mi caso visibles e invisibles. Pero las deja y están ahí y cuando cambia el tiempo duelen, cuando las miras bajo una luz muy directa se ven, cuando te acuestas, antes de dormirte pican. Cuando te duermes, te devoran.

Enamorarme en mi caso ha sido perderme. Enamorarme y volverme loca. Con el paso del tiempo obviamente -y a Dios gracias- he aprendido a controlarme, a no decirlo todo siempre, a dominar mis sentimientos y mi lengua, a apaciguar lo que sentía y no dejarme llevar.
Pero hay ocasiones en las que no puedo reprimirme más, en las que por algún lado tengo que dejar que la herida infectada estalle y drene.  Y entonces me sube la fiebre, mi cuerpo está en llamas, me muero de sed y deliro.

Es el momento, cuando nadie me ve, de vaciarme por completo y dejarme arder, de dejar de intentar dominar a mi Neocórtex y mi Paleocórtex y simplemente dejar hablar a la locura, al corazón, a todo lo que me esfuerzo en reprimir y ocultar bajo toneladas de razón y autocontrol.

Llévame a donde tú quieras.

Me harás daño, lo sé, pero cuando estoy contigo no me importa nada, ni siquiera saber que volverás a destrozarme.

No me dejes sola nunca más.

Nunca he dejado de pensar en ti.

Haría lo que me pidieras.

Te he amado más de lo que jamás podré amar a nadie.

Ya no hay tiempo ni espacio pero sí persona: la tuya y la de quien te quema cada vez que te mira. Te duele todo, te sobra todo, no importa lo que pasó antes ni lo que pasará después, no importa nada, sólo sus labios, su pelo, su olor, el color de su piel, los lunares de su cuerpo, su respiración.

Te echo de menos cada segundo que paso separada de ti.

‘Odio todo lo que se interpone entre tu cuerpo y el mío, así sea el aire’.

Miénteme si tienes que hacerlo pero dime que me quieres, que no me dejarás irme nunca, que siempre volverás a buscarme.


Dime que me amas.

Dime que nunca has dejado de pensar en mí.

Y sigue subiendo la fiebre y doliendote el cuerpo entero, doliendote la piel, las manos, el pecho, las sienes, temblando las rodillas que no pueden mantenerte en pie y por eso necesitas que él te sujete, que no te deje caer, que te apriete fuerte entre sus brazos y te diga lo que siempre necesitas oir, aquella melodía de la que jamás te cansas.
Probablemente él deba meterte en la ducha para enfriarte, para que la fiebre baje, para que dejes de delirar y allí, en medio del agua cayendo, te sujeta con todas sus fuerzas para que no te rompas, para que no te desmadejes y termines llorando en un rincón bajo el chorro de agua.
Las gotas se clavan como finos alfileres, como todos los años, los meses, los días, las horas, las milésimas de segundo que llevas clavados en la piel, todas las milésimas de segundo que te han hecho heridas para siempre porque las pasaste sin él.
Y al fin las lágrimas que se confunden con el agua.


No te vayas.

No me dejes nunca.

Haré lo que me pidas, te daré lo que tú quieras.

No me dejes.

No me dejes.

No me dejes nunca más.

Te quiero.

Te quiero, te quiero, te quiero…

No te vayas.

Por favor, no te vayas.

Labios entre labios, manos entrelazadas, quejidos de dolor, rios de tinta negra que nacen en los ojos, ojos que miran desde el más allá, más allá de la locura. Abrazos fuertes que podrían romperte todos los huesos del cuerpo, mordiscos, arañazos.

Te quiero, no te separes de mí.

No te vayas.

Vámonos de aquí, lejos tú y yo.

No te olvides nunca de mí, por favor.

El cristal frío de la mampara va a sujetar tu espalda pero sólo él puede sujetarte al alma.

Quédate, quédate, quédate, no me dejes sola.

Besos con sabor a tabaco a Bourbon, tal vez a tabaco y a otros besos, tal vez a tabaco y a amargura.

No quiero vivir sin ti.

No te vayas.

No me hagas daño.

Cuida de mí.

Y todo esto para perder el último ápice de cordura que te quedaba y mientras intentas sujetarte a su cuerpo con todas tus fuerzas para no caerte, susurrarle a gritos: te amo y nunca, ni por un segundo, he dejado de amarte.

Última modificación: 29 junio, 2017

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