El buen criterio (o la ausencia de él) a la hora de elegir amigos y pareja

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Amigos, vengo hoy con una entrada reflexiva. A la luz del análisis de unos acontecimientos en mi vida, he hecho repaso de las relaciones, de distinto tipo, que he tenido a lo largo de ella.
Y he decidido compartirlas con vosotros. Ayudar, no sé si os ayudarán. Pero si alguien resulta decirme que me comprende, eso servirá para que me sienta menos tonta.
Vamos allá.
No voy hoy a echarle la culpa a Disney ni a Hollywood porque ya sabéis lo que opino.

Pero sí hay dos personas que, incluso antes de que pudiera entender los mensajes que el mundo del celuloide intentaba transmitirme, se empeñaron en inculcarme unos valores que, a día de hoy, me cuestiono si no me habrán hecho más mal que bien.

Os hablo de mis padres. Dejemos de lado le hecho de que todo adulto que se haya reproducido quiere lo mejor para su descendencia y procura ir formando, desde su más temprana edad, lo que el día de mañana se espera que sea, una persona decente.

Mis padres quisieron criarme en el espíritu del Perro Pastor (si no sabéis lo que es, deberíais leer la entrada de Andrea M. Faya titulada Las trece razones de Andrea).

Su modus operandi fue repetirme hasta la saciedad frases del estilo

  • Nunca empieces una pelea, acábala.
  • Nunca te burles de nadie.
  • Defiende a aquel al que ataquen.
  • Defiéndete a ti misma si te hacen algo.
  • No des de lado a los que están apartados, acércate a ellos y sé su amiga.
  • Ponte siempre del lado del más débil, del desfavorecido, porque a él es a quien más falta le haces.

Os hacéis una idea, ¿no? Bien.

Pues así crecí, siendo un perro pastor. Y ni mucho menos me arrepiento de ello. Hice siempre lo que tuve que hacer. Sólo una niña me recordaría hoy por haber sido mala con ella, el detallito sin importancia que la jodía siempre omite contar es que, cuando ya me decidí a soltarle un bofetón, fue porque me tenía hasta las cejas de insultarme y pegarme. Una era buena mini samaritana pero no santa.

El resto de mis compañeros pueden no recordarme (los más), recordarme como la rara (los más también) o como un perro pastor, el perro que escucha y aconseja sin juzgar, al que siempre puedes llamar cuando pasa algo, el que siempre está detrás de ti cuando necesitas que alguien vigile por encima de tu hombro.

Hasta aquí puede parecer que fui un amor (a ver, en honor a la verdad, un poco sí lo fui, ¿no?) y que por eso de la ley del Karma, debió irme de perlas en la vida. Craso error.

De niños a veces no entendemos el comportamiento de nuestros amigos y lo dejamos pasar sin más, Fulanita a veces sufre unos ataques de furia incontrolada hacia mí y no comprendo a qué vienen, pero a los pocos días Fulanita vuelve a hablarte como si nada y seguís siendo mejorísimas amigas, tanto que tu hija se llamará como ella, la suya como tú y, por supuesto, os quedaréis embarazadas a la vez.

Pero, a los quince años en mi caso, entendí lo que siempre le había pasado a Fulanita conmigo. A esa edad ya te acercas al comienzo de un largo proceso de maduración personal y puedes ir atando algunos cabos.

Lo que pasó con Fulanita a aquella edad está olvidado y enterrado, no tiene mayor importancia, hoy la recuerdo con gran cariño y le deseo todo lo mejor, sin ápice de rencor.

Pero cuando una de nuestras amigas en común se puso de mi parte aquella fatídica tarde en la que Fulanita parecía La Niña Del Exorcista poseída por Legión, Hulk y todos los súper villanos de cómic de la historia, tuve una conversación breve pero significativa con nuestra amiga, a la que, por poner un nombre, llamaremos Perenganita.

– Mira, a ti no te conviene ponerte a mal con Fulanita porque al fin y al cabo, es con ella con quien vas a terminar el colegio, con quien irás a la universidad. Esta ciudad es muy pequeña y será muy incómodo encontrártela en todas partes y no hablarte con ella. Pero lleva cuidado porque hoy he sido yo y poco a poco, vais a ser todas. Fulanita vive en una sempiterna competencia con el mundo entero. De pequeña llamaba la atención por tal y tal cosa y nosotras asumimos el papel de patitos feos y nos quedamos a su sombra. Pero ahora estamos cambiando, nos estamos convirtiendo en mujeres. Nos cambia el cuerpo, somos más altas que ella, tenemos más pecho, el pelo más largo, los ojos más marrones, yo qué sé. Ahora ya no nos considera su séquito sino su competencia. Yo no me había dado cuenta de esto, como sé que tú tampoco lo estás entendiendo ahora. Pero llegará el momento en el cual esto que te estoy diciendo hoy tenga sentido. Hazme caso: ve con pies de plomo. Tarde o temprano, tú también serás un problema para ella.

– Pero y… ¿qué pasará?

Que terminará sola. Que todas tenemos paciencia pero sus celos y sus ataques gratuitos os acabarán cansando a todas y os alejaréis de ella. Llegará un día en el cual no tenga a nadie a su lado. Ese día, espero por su bien, reaccionará.

Me alejé de Perenganita porque sabía que era lo mejor para ella. Nos veíamos muy poco. La echaba mucho de menos, las echaba mucho de menos a las dos. Pero quería mucho a Perenganita y no quería causarle problemas.

Un día, ya en la universidad, sonó el teléfono: era Perenganita. Sus primeras palabras fueron Eli, el tiempo te ha dado la razón.

       Aquí mi amiga Fulanita cortando el bacalao.

Eso fue sólo el comienzo. El comienzo de las amistades que se rompen por inseguridades, por celos, por desconfianza. El comienzo de las decepciones.

Todas las amigas que había ido rescatando en el colegio y el instituto empezaron a dar señales evidentes de amigas, lo que se dice amigas, no eran.
Al final terminé aislándome entre mis dos mejores amigas, la de Madrid y la de la playa, amigas que eran perfectamente normales y que sabían gestionar su inseguridad, sus problemas. Lo hablábamos, lo razonábamos. Nunca pagábamos nada la una con la otra porque era absurdo.

Así comencé a entender que muchas veces, quien está solo, es por algo. Quizás no en parvulario pero sí más adelante. Hay gente que, sencillamente, no sabe tener amigos.

En esta época coincidió el despertar de las “relaciones” (sí, entrecomillado, claro que entrecomillado) con los chicos.
Yo en este terreno tardé en espabilar porque como toda mi vida había sido el patito feo que seguía la estela de Fulanita, cuando un chico me decía que yo le gustaba, siempre pensaba que era una broma para reírse de mí o que en realidad lo que quería era acercarse a Fulanita.

Pero con esta última fuera de juego y en otra ciudad, ¿qué motivo tenía El Chico Popular del ambiente en el que me movía para fijarse en mí? Tenía a tres colegios bilingües enteros a su disposición, las chicas del municipio en el que vivía y las de las discotecas light a las que iba, ¿qué pintaba yo en esa ecuación?

Pues ni idea. Pero a mí aquel chico no me movía un pelo de la cabeza por muy guapo que fuese: era un crápula. Un chulo de libro (o de película). Un imbécil de solemnidad.

Y siendo así di por hecho que todos los chicos guapos lo serían. De modo que al final siempre terminaba “saliendo” con mi mejor amigo. Que igual mis mejores amigos eran guapos, yo qué sé, eran mis amigos, yo de entrada los veía normales. Pero como se portaban bien conmigo, teníamos muchas cosas en común y eran un cielo, al final me acababan gustando.
Sin remordimiento alguno, también os lo digo. A día de hoy sigo siendo amiga de casi todos y estoy súper orgullosa de haberme iniciado en el mundo de los amoríos con ellos porque se portaron con quince o diecisiete años como muchos con cincuenta no se portan.

Alcanzada la mayoría de edad, yo de amigas no quería saber nada, tenía conocidas, muchas, muchísimas. Amigas sólo dos.

Hoy me arrepiento de no haber sabido darme cuenta de que chicas que no consideré amigas mías, sí lo eran. Y yo no supe corresponder.

En cuanto a los chicos, no me interesaban demasiado. Quería ir a la universidad para aprender de mil cosas y formarme para ser alguien, quería vivir, entrar, salir, viajar con mis dos amigas. El resto me daba igual.

Pero quiso el destino que entonces conociese al nefasto ex del que hablé en un audio en posts anteriores. Y aquella relación me cambió.
Si de las chicas no quería saber nada más allá de mis dos mejores amigas que eran las únicas que me habían demostrado ser dignas de confianza, este chaval me enseñó que se podía ser peor que Fulanita.

Viví los años de mi “relación” con él en una ansiedad continua, con el miedo recorriéndome siempre el espinazo, siempre preocupada, siempre en peligro, siempre en estado de alerta máxima.

Cuando nuestra relación terminó, yo no lo sabía, pero había interiorizado gracias a Fulanita y a él una lección muy peligrosa: no puedo confiar en nadie. Todo el mundo tiene un monstruo durmiendo dentro.

  Mi ex “El Nefasto” en una foto en la que sale bien.

Y yo ese monstruo quería verlo el primer día, quería saber a qué me enfrentaba. Provocaba a cualquiera que se acercase a mí, ponía mil pruebas, hacia mil desplantes, provocaba, provocaba y seguía provocando hasta que salía el monstruo. Entonces me iba porque no quería seguir luchando más. No quería volver a vivir con miedo.

Pero que el monstruo nunca diese la cara era peor. Entonces ni lo intentaba. Cuando me cansaba de intentar desesperar al sujeto de pruebas, me iba sin más. No me cabía en la cabeza que esa persona no tuviese un demonio dentro, simplemente pensaba que sabía perfectamente cómo controlarlo. Pero sabía que tarde o temprano acabaría por despertar y terminaría conmigo. No estaba dispuesta a eso.

Con el paso de los años conocí a otro chico, un chico que durante mucho tiempo fue maravilloso para mí.
Con él cometí el error de volver a confiar, de volver a creer en la gente, de aceptar que hay quien no tiene demonios dentro, sólo ángeles.

Me equivoqué. Me equivoqué y me costó uno de los mayores dolores de mi vida, uno de un tipo que jamás había experimentado antes.

Entonces se produjo la sentencia final: prefiero cien amigas como Fulanita y cien chicos como El Nefasto a mil amigas y mil chicos como El Ángel.

A Fulanita y al Nefasto, los veías venir a millas. Sabías lo que te esperaba. Nada era una sorpresa. De ahí vivir siempre alerta, siempre en guardia, porque en cualquier momento SABÍAS, tenías la total, absoluta y aplastante certeza de que se iba a caer el cielo en afilados pedazos encima de tu cabeza.
Vivías con miedo, con tristeza, con ansiedad. Pero estabas preparada.

              Mi ex “El Ángel Disfrazado“, clavadito.

En cambio El Ángel es un lobo con piel de cordero. Él lo hace todo para que confíes en él, para que creas en él. Él te obliga a amarlo porque es casi tan perfecto que por mucho que te esfuerces en lo contrario, no tienes más opción que rendirte ante él y adorarlo.

Y crees en él, confías en él, tienes fe. Tienes ilusión, la calma y la paz que nunca antes habías conocido.

… Entonces te estrellas. El Ángel te sostiene en el cielo, entre sus alas, te mece con su paz y su “amor”. Sólo para abrir las alas y dejarte caer en la Tierra cuando más confiado estás.

No lo ves venir. No estás preparada. Te caes desde kilómetros de años luz hasta el suelo en cuestión de nanosegundos y se te rompen todos los huesos del cuerpo. Ahí te quedas, incapaz de moverte. Te duele tanto el cuerpo que hasta se te corta la respiración y ni gritar para pedir ayuda puedes. Ni romper en llanto. Nada, porque no tienes aire en los pulmones.

Por eso hay quien, como yo, prefiere amigas (y novios) como Andrea M. Faya.
Nunca promete nada, sólo lo cumple.
Nunca dice que le importas, lo demuestra.
No pide nada, acepta lo que le das.
No exige, espera.

No te emborracha con sus te quiero tanto, eres tan importante para mí, no quiero perderte nunca, voy a luchar para que siempre formes parte de mi vida y nunca dejemos de ser amigas, como han hecho otras. Muchas. Demasiadas. Todas las que se fueron.

Andrea nunca te dirá lo que quieres oír, te dirá lo que necesitas oír para avanzar, te guste o no.

Nunca te regalará los oídos, acéptalo.

Nunca te dirá que te quiere. Ni puñetera falta que hará.

   Andrea M. Faya interpretada por Keanu Reeves en la película “Constantine”.

Tú sabrás, siempre sabrás, que Andrea tiene un demonio dentro. Pero lo verás desde el primer día y comprobarás que de todos los demonios, el suyo es de los menos malos.

Es el demonio que ruge ante las injusticias, ante la estupidez, ante las falsas apariencias, ante la nueva moda esta del falso buen rollo tipo Mr. Wonderful.

Nunca te engañará diciéndote que es buena persona, te dirá que es mala, que es borde, que es misántropa. Que le caes mal. Que la sacas de quicio. A veces te pegará una voz. A veces te llamará gilipollas.

Pero siempre estará ahí cuando la necesites, sin hacer preguntas. Si lo único que puede hacer por ti es escucharte llorar, sólo llorar y nada más que llorar, al otro lado del teléfono, eso es lo que hará hasta que tú decidas colgar.

No quiero otro tipo de amiga. No valen para nada más que para tomar un café, una copa. Para el cachondeo. Para nada serio.

No quiero otro tipo de pareja. No quiero monstruos incontrolables ni lobos disfrazados con piel de cordero.

Quiero saber que me harás daño. Quiero saber que me mandarás a freír espárragos. Que me llamarás idiota. Y que siempre estarás.

Sin promesas, sin palabras edulcoradas, sin tonterías, que no tenemos ya edad. Quiero hechos.

Por eso Andrea es mi amiga.

Por eso no tengo pareja.

              Mejor “sola” que mal acompañada.

Por eso hay gente a quien le va mal y está rodeada sólo por gente superficial, de amigos de “jiji, jaja”: porque no sabe tener amigos. Porque no sabe tener pareja.

Por eso hay gente que está “sola” (o eso parece): porque no quiere tener según qué tipo de amigos. Porque no quiere tener según que clase de parejas.

… Porque no tiene demasiado buen criterio a la hora de escoger con quien relacionarse.

Porque le han enseñado y se lo siguen demostrando día a día, que no puede confiar en nadie.

Última modificación: 5 junio, 2017

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