Cabify y Uber vs. taxis

Escrito por | Actualidad

Hablemos de otra reciente polémica. No, Miguel Ricart ni es reciente ni me corresponde, se lo sigo dejando a Andrea M. Faya, los grandes jardines de la vida se los dejo a ella.

Resulta que el otro día, en Barcelona, una señora y su bebé en la correspondiente sillita homologada, viajaban en un Cabify cuando un enfervorecido taxista fuera de sus cabales por lo que el colectivo denomina intrusismo laboral, le propinó un potente meneo a la luna trasera del vehículo dejando a la señora y al bebé al descubierto.

Eso es lo de menos, lo inquietante es que, al impactar contra el cristal desde el exterior del coche, lo lógico es que los vidrios rotos fueran a parar al interior de este. Donde había una señora que, en su perfecto derecho, puesto que existe alternativa a los taxis, había decidido contratar un servicio distinto. Con su dinero, ese con el que puede hacer lo que se le venga en la más realísima de las ganas mientras no sea ilegal. Y un bebé que de nada tenía culpa y hubiera podido salir muy mal parado de esta agresión.

Vamos a ver, señorxs taxistas: yo les entiendo, de verdad. Comprendo el daño que negocios como Uber y Cabify les están haciendo. Hasta ahí estamos todos de acuerdo, me parece.
Lo que ya no entendí del todo es la huelga que organizaron Uds. hace unos días. Me pareció que le pusieron Uds. en bandeja de plata a estas dos otras opciones de desplazamiento, una oportunidad de demostrar cómo se viaja en ellos.

Lo que no me cabe en la cabeza es increpar a viajeros que contratan un servicio de estos, en plena calle, a grito pelado, con descalificativos y demás. Y lo que ya sí que no tiene justificación ninguna es agredir a un viajero y un bebé. Por no mencionar el hecho de dañar un vehículo ajeno, que a fin de cuentas, en este caso, es prácticamente irrelevante.

 

 

Tampoco me gusta nada el nuevo logo, lo siento.

Vamos a ver, amigos del noble oficio de transportar personas en utilitarios, creo que hay una cosa a que Uds. se les escapa.
Uds. ofrecen un servicio. Llevar a un cliente de un lugar a otro. Cabify, por ejemplo, ofrece una experiencia.

No se trata tanto de llegar de un punto A a un punto B lo más rápidamente, con esperas mínimas y sin apreturas. Se trata de toda la parafernalia que adorna a ese recorrido: elegir el vehículo, siempre negro y de gama media a alta, a gusto del consumidor. Los cristales traseros ahumados. El chófer que te abre la puerta. La conexión wifi. Las botellitas de agua. Las revistas. La elección de la música.

Pero claro, todo eso, se paga. Igual que se paga comer una hamburguesa de autor en un sitio de moda habiendo hamburgueserías baratísimas por los cuatro costados de una ciudad. No se trata de alimentarse, de llenar el buche. Se trata de una experiencia.
Y en cambio, siempre habrá quién visite un restaurante y quién visite el otro. Siempre habrá un momento, una necesidad para cada uno.
No sé si me estoy explicando bien.

Verán, yo intenté probar los servicios de Uber y Cabify.

En mi forma de ser va darle tres oportunidades a todo. Y si a la tercera algo no ha funcionado, rehúso volver a intentarlo.

Con Uber la experiencia fue muy sencilla: cuando intenté pedir uno había, en todo Madrid, tres disponibles y ocupados. Tres. Oigan Uds, qué variedad, qué porcentaje más elevado de posibilidades de poder probar el servicio.
No lo intenté más. No me pareció una opción accesible. No voy a luchar para pedir un coche, una audiencia con Donald Trump, igual. Un taxi pijo, no.

 

Tesla Cabify, este era el coche que yo quería probar.

Con Cabify tampoco me fue mucho mejor.

En la primera ocasión, ni uno solo disponible en mi zona. “Tiempo de espera 20-30 minutos”. En 20 o 30 minutos tengo que estar ya en el sitio al que me dirijo, qué me están Uds. contando.

Segunda vez, quince minutos para seleccionar el tipo de de vehículo porque la aplicación no se puede decir que fuese un rayo y no guardaba las preferencias de solicitudes anteriores.
Ningún vehículo como el que quería disponible. Vale, quince minutos más para elegir otro. Al final me vi abocada a pedir un Mercedes. Yo, que lo que quería era irme a mi casa después de una comida, iba a plantarme en mi barrio con un Mercedes A nosécuántos negro, de lunas ahumadas, con un señor trajeado que me abriese la puerta. Me estaba muriendo de vergüenza de solo imaginarlo. Me llega a ver algún vecino o conocido y me precipito dentro del maletero del coche para esconderme.
Decidí dejarme de tonterías y parar un taxi normal y corriente. Otra vez será, pensé.

La siguiente vez era la tercera. Si hoy no sale, desinstalo la aplicación.
Otra vez tienen a una servidora, a plena solana del veranillo de San Miguel, a las tres de la tarde con un sopor postprandial que no me lo aguantaba encima y prisa. Mucha prisa.
Vuelta a perder el tiempo seleccionando coche, esto y lo otro y yo ya con ganas de tirar el móvil por los aires y desaparecer.
Conseguí pedir el puñetero coche. En teoría estaba a cinco minutos de mi ubicación. Cuando pasaron veinte, desinstalé la aplicación y me fui caminando a conseguir un taxi normal y corriente.

Porque pasa, ocurre y sucede que, una intenta ser socialmente responsable y utilizar transporte público. Pero a veces, como todo ser humano, tengo prisa. Y si para llegar de un punto A a un punto B lo más rápido posible, se me apareciese el traje de Ironman, yo me lo plantaba y salía volando. Que con el vértigo que tengo, ya es decir. Pero como me gusta la velocidad, imagino que le cogería el gusto y no querría quitármelo jamás porque además, seamos sinceros, ser Ironman (o Ironwoman en mi caso) mola un montón. Las cosas como son.

De forma que no tengo prisa que perder seleccionando veinte millones de pijaditas ni esperando a que venga el Transporter a buscarme. Bueno, vale, si viene Jason Statham yo espero diecinueve días y quinientas noches si hace falta.

Lo que me altera las hormonas a mí ver a un hombre conducir, no tiene nombre.

Por ejemplo, la aplicación MyTaxi me parece mucho más rápida, intuitiva y eficaz. Nunca he tenido que esperar media hora para que llegase mi taxi, un minutito o dos y listo.

¿Qué les quiero decir con esto, por qué les estoy contando mi vida entera? Pues que siempre habrá quién prefiera rapidez y eficiencia a pijaditas. Y que siempre habrá quién prefiera lo segundo. Es así de sencillo, para bien o para mal, hay gente para todo. Les guste a Uds. o no.

Por otro lado, ¿han oído Uds. alguna vez, hablar de la ley de la oferta y la demanda?

Les recomiendo echarle un ojo si les es desconocida, resulta muy interesante. Abreviando y en términos de profana en economía (¡cómo odiaba esa asignatura, Señor!): es un círculo vicioso. Se encuentra un nicho de mercado, se hace una prueba ofertando un producto. Y si observan comportamientos.

En resumen: si hubo oferta es porque hubo nicho de mercado. Y si sigue habiendo oferta, es porque hay demanda. Y mientras haya demanda, seguirá habiendo oferta. Así de simple. El círculo se retroalimenta y solo puede romperse por medio de la ilegalización de servicios como Uber y Cabify, cosa que sería harto complicada puesto que hay mil supuestos legales en los cuales pueden ampararse, igual que BlaBla Car.

Señorxs taxistas, entiendo que su trabajo ha disminuido considerablemente.
Pero hagan examen de conciencia y en lugar de ir a la huelga para beneficio de la competencia o de sacar la ira a pasear por las calles, únanse y analicen qué pueden hacer para mejorar (sugerencia: no poner Radiolé a todo volumen puede ser un gran comienzo. Al igual que ventilar el coche).

Hablando en serio, con violencia no van a arreglar Uds. nada. Piénselo. Busquen soluciones positivas que vayan a mejorar su situación y su ambiente laboral como también la experiencia de sus clientes.

Y no se desesperen: siempre quedarán anti hipsters, pijas renegadas como yo, que prefieren la rapidez y la cercanía de una sesión de terapia al volante a una botella de diez mililitros de agua.

Última modificación: 2 agosto, 2017

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