Del uso (ir)responsable de las redes sociales.

Escrito por | Actualidad

El sábado se volvió a liar en Twitter (sí, llego tarde, ya lo sé).
Te vas de vacaciones y en cuanto te quieres dar cuenta, te están llenando Whatsapp de capturas de pantalla. No es mi concepto ideal de desconexión pero es lo que hay.

 

 

Les pongo en antecedentes: el viernes por la noche en el festival Madcool, ocurrió una desgracia terrible. Un trapecista se desplomaba al vacío desde una altura de -no hay acuerdo en esto- entre veinte y cincuenta metros.
El chico, tristemente, falleció.

Quiso el destino que una youtuber estuviese allí y en un intervalo de dos horas publicase tres tweets bastante poco acertados.
Voy a ser muy franca: cuando me me los mandaron pensé vaya, vaya, con la doble moral y la sensibilidad de esta chica.

La amiga que me los mandó, continúo:

– A parte, nosotras hemos visto gente morir, ¿qué cuerpo de fiesta se te queda a ti después?

– Ninguno. Y eran muertes esperadas y serenas, las muertes por accidente, así de truculentas, te dejan helado. No levantas cabeza en días.

– No sé dónde tiene esta chica la sensibilidad y la empatía. Se la van a comer viva.

Y así fue. Yo me desentendí del tema y seguí con mi día con normalidad.

Por la noche, Twitter insistía en mostrarme, en forma de notificaciones, tweets al respecto en mi pantalla de previsualización.

Uno no me gustó en absoluto, no por nada sino por quién lo había escrito: una persona a la que sí sigo y tengo en alta estima. Me pareció un tweet muy raro, muy desmarcado de la línea que esta persona suele seguir.

Después de un cruce de píos, hablamos en privado. Me pareció que debía estar exagerando la situación de modo que fui a ver si “linchamiento” era la palabra adecuada para definir lo que se estaba haciendo.

Lo era. Retahílas interminables de insultos y, lo más grave, deseos de muerte: ojalá te hubieras matado tú.

 

Y al que no le guste, que no mire.

 

Vamos a ver, Señorxs, vamos a ver.
La gente cuando abre Twitter, ¿qué se cree que es eso? ¿La sala de kick-boxing de un gimnasio? ¿Una habitación de prácticas de tiro? ¿Una caverna en medio de un monte en pleno paleolítico?

¿Qué es esto de entrar en Twitter a disparar y vomitar todo tipo de barbaridades sin filtro ninguno?
Oigan Ustedes, hay cosas que no son moral ni socialmente aceptables. No, ni aunque sea en Twitter, que parece las letrinas de la cárcel de un país en vías de desarrollo.

 

 

Tengo muchas cositas que decirles, vamos a empezar:

Si Uds. se encuentran en la calle con esta chica o, para el caso, con cualquiera que les caiga mal y/o haya dicho una estultez, ¿tendrían la valentía de cantarle las cuarenta en bastos a la cara?

Ya les digo yo que no. En primer lugar porque (y perdónenme la expresión) no hay cojones. Tras la pantalla de cualquier dispositivo electrónico y amparados en el anonimato de un nick y un avatar, en la cálida comodidad de nuestro sofá, somos todos muy osados. Cara a cara la cosa cambia.
Y si no cambia, me preocupan Uds. seriamente, la verdad.

Uno no va por la calle poniendo a parir a todo lo que se mueve que no sea de su agrado.

Entonces ¿por qué es aceptable hacerlo a través de una red social? Denme argumentos válidos.

“Se exponen y claro, tenemos derecho a opinar”.

Exactamente, a opinar. En un tono correcto, sin faltas de respeto, sin exabruptos y sin insultos. Huelga decir que sin desearle la muerte a nadie.

Una cosa es decir oye, ¿te has parado pensar en lo que has escrito? No parece muy coherente, muy sensible, lo que sea. Otra ya es insultar y culminar con un ojalá te hubieras matado tú.

Y ojo, no les estoy diciendo que no lo piensen -que también mandaría narices, pero allá cada uno con sus pensamientos-, les estoy diciendo que no es socialmente aceptable decir todo lo que se nos viene a la mente, tal y como se nos viene. La corrección (política) existe por algo: necesidad.

Del mismo modo que a lo largo de nuestra vida aprendemos a socializar y asumimos unas reglas básicas de convivencia basadas en el respeto y en muchas ocasiones, en la autocensura, hay que aplicar esta misma fórmula a nuestros pensamientos, antes de escupirlos en público.

Si mal está la secuencia de tweets que subió la chica en cuestión, mal están también las réplicas que le fueron dadas.

Amén de que, que uno meta la pata hasta el fondo, no justifica en ningún caso que nadie vaya a insultarlo o a desearle la muerte.

El quid pro quo en este caso, no aplica.

Igual que el ser una persona con un número equis de seguidores y estar especialmente expuesto al juicio público no implica ser perfecto y no equivocarse nunca y que, caso de hacerlo, puedan a uno masacrarlo.

Sí, sé de dónde viene el término influencer. Influencian a gente, en concreto a un grupo muy específico de personitas muy moldeables con quienes han de ser muuuy cuidadosos. Lo sé perfectamente. Pero si ellos, los influencers, han de ser particularmente cautos con lo que comparten, la misma responsabilidad social recae sobre quienes somos testigo de estos altercados y, en concreto, quienes intervienen activamente en ellos. Porque de la misma manera que niños leen lo que sus ídolos escriben, leen lo que a sus ídolos se les contesta. Pobre ejemplo les estamos dando entre unos y otros.

Si un influencer, un famoso, una personalidad, alguien popular o anónimo comete un error, procuremos los demás dar ejemplo por medio de la crítica constructiva desde el respeto, no empeoremos la situación. Enseñemos a ser justos y comprensivos, objetivos y críticos pero correctos, educados. Hagamos, ante todo, gala de humanidad.

Es menester recordar lo obvio, que más veces que menos, parece que se nos olvida: actores, músicos, escritoras, youtubers, mi vecina la del quinto… son seres humanos. Con sus días buenos y sus días malos. Con sus aciertos, sus deslices y sus errores garrafales. Son personas como esta que escribe y como Ud. que me lee. Si les pinchan, sangran. Necesitan dormir, hidratarse, a veces hacen cosas maravillosas y a veces dan ganas de estrangularlos.
Pero siguen siendo no ya seres humanos, seres vivos. Ahora que, afortunadamente, comenzamos a reclamar vigorosamente respeto y dignidad para los animales, parece que, a ratos y sobre todo en redes sociales, se nos olvida que los humanos también merecen respeto. Y que si uno de ellos falta al respeto a otro de algún modo, esto no valida perderse en una espiral de insultos, odio, improperios y montar una guerra campal que no llega a ninguna parte.

¿Recuerdan Uds. cuando eran pequeños? ¿Qué funcionaba mejor, una paliza acompañada de una bronca de antología o que se sentasen con Uds. a explicarles lo que habían hecho mal, con ejemplos y argumentos?

Las lecciones, con buenas palabras también entran mejor. Todo en esta vida funciona mucho mejor si se hace desde la paciencia y el respeto. Incluso con una adulta, como en este caso.

Verán, me apena ver que nos estamos cargando las redes sociales por el uso irresponsable que de ellas hacemos.

Son un instrumento increíble que nos interconecta a todos, más allá de los famosos seis grados de separación. Uno conoce a través de ellas a gente que de ningún otro modo hubiera conocido; puede interaccionar con gente que admira y sigue por su trabajo; la inmediatez que ofrecen muchas veces nos pierde en la más absoluta desinformación pero otras en cambio, nos mantiene al corriente de asuntos que nos importan.

Podemos movilizar a gente, agrupar rápidamente recursos, apoyar, difundir mensajes de interés… y en cambio hemos optado por tomarlas por la verbena de un pueblo a las seis de la mañana: todos contra todos, vamos a ver quién comparte la mayor burrada hoy, a quién destrozamos, con quién nos desahogamos, que sale mucho más barato apalancarse delante del móvil y mentar a la madre de aquel que nos pille por delante que ir a terapia para aprender un poco a gestionar nuestra intolerancia a la frustración, al fracaso; el manejo de la ira y demás.

Todo esto a cambio de unos “me gusta”, de unos retweets. ¿Cuánto vale un “like” y hasta dónde es digno rebajarse por uno?

 

 

Cambiando de tercio, me van a permitir Uds. que les pregunte cómo reaccionarían si por un comentario (muy) desafortunado, un día se despertasen y tuviesen a una legión de gente poniéndoles a caer de un burro. ¿Cómo se sentirían? ¿Qué harían? ¿Somos conscientes de facto del poder de nuestras palabras?

Tenemos la capacidad de elevar o hundir a la gente en ciento cuarenta y cinco caracteres. Es poco, ¿verdad? Pues nos sobran espacios para barrer el suelo con la moral de aquél que tenga el atrevimiento de cometer un error. Las redes sociales combinan todos los elementos para ser crueles y cobardes a partes iguales: el amparo en la libertad de expresión y el anonimato así como la accesibilidad y la rapidez. Maldigo la hora en la que naciste y te vas a enterar casi al mismo tiempo que lo estoy pensando. Y si no te gusta, te aguantas, no haber nacido, así no tendrías redes sociales y ni te enterarías ni me ofenderías con tu existencia, que es lo principal.

“Bueno, pero esa gente está acostumbrada, es parte de su trabajo”.

Ajá, enséñenme la cláusula de algún contrato laboral que Uds. hayan firmado que incluya aguantar que los vapuleen públicamente durante días, semanas o lo que los santos usuarios decidan (hasta que encuentren otro circo romano con el que entretenerse).

Y precisenme en qué lapso de tiempo se acostumbra uno a que no lo dejen vivir en paz, haga lo que haga. ¿Un mes, un año, un lustro…?

¿Llega uno verdaderamente a esculpirse una coraza tan, tan gruesa que estas cosas ya no le afecten en absoluto? Permítanme dudarlo.

Las redes sociales, ese maravilloso invento que saca lo mejor y lo peor de cada uno: la vida tan estupentástica que llevo y lo feliz que soy y lo mucho que me gustaría partirte las dos piernas (y espérate que en dos clicks no me entere de dónde vives y por dónde te mueves y vaya y te las rompa, que hoy no hay capítulos nuevos en Netflix y algo habrá que hacer).

Tristemente la distopía de tantos escritores y cineastas de años y años atrás se ha cumplido. Hoy es el futuro. Y no estábamos preparados para él. No sabemos hacer un uso responsable de los recursos que se ponen a nuestra disposición.

Al final va a tener razón Hobbes (homo homini lupus) y el hombre va a ser un lobo para el hombre. Cuanto más fácil nos lo pongan para llegar a más hombres, a más vamos a despedazar.

O cambiamos un poco esta mentalidad tan individualista del yo tengo derecho a todo y todo me es debido y empezamos a desempolvar la empatía y a poner en marcha las neuronas antes de teclear… o le auguro un futuro muy negro a las redes sociales.

Última modificación: 13 Julio, 2017

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