El deporte en el colegio y otros traumas: Segunda parte

Escrito por | Mapaternidad, Personal

Si el otro día os hablaba del baloncesto como deporte del averno, hoy vengo a hablaros de otra actividad no menos aberrante: el famoso test de Cooper.

No sé si sabréis en qué consiste, pero muy amablemente os he sacado yo la definición, cortesía de Santa Wikipedia:

Test de Cooper

El test de Cooper es una prueba de resistencia que se basa en recorrer la mayor distancia posible en 12 minutos a una velocidad constante.

Bueno, pues cuando nos tocaba atletismo, no nos librábamos casi ningún día del dichoso test. Mira que a mi correr nunca me disgustó, y de hecho en velocidad solía sacar unas marcas nada despreciables, pero a nuestro profesor de Educación física le encantaba martirizarnos, y qué mejor manera de empezar un lunes por la mañana recién desayunados, que corriendo como conejos en cacería tres vueltas al campo de atletismo. Daba igual que no pudieras con tu vida, que te retorcieras un tobillo o que te saliera espuma por la boca. Allí las tres vueltas las daba hasta Clara la de Heidi, y pobre del que osara hacer una paradita aunque fuera así disimuladamente, que te caía la del pulpo y te trataban poco menos que de deficiente.

La de veces que recuerdo llegar con la lengua fuera literalmente y que encima te riñeran por tardar más que la media. ¡La madre que te parió! A ver cuando predicas con el ejemplo y te veo correr a ti hasta echar el hígado, señor H. que la nariz se hu*rga.

Otra muy buena era cuando nos querían obligar a ducharnos en los vestuarios del colegio después de Educación física. Bueno, de gimnasia, como lo llamábamos Eva y yo para desesperación de los profesores. Vamos a ver, ¿por qué tengo yo que ducharme en un sitio público, si no me apetece? Yo me ducho en mi casa, señores, no en ningún vestuario piojoso infestado de hongos, para más inri rodeada de compañeras que no tienen por qué verme nada que a mi no me apetezca, que no es por nada, simplemente no tengo ganas y ya. Una, que es pudorosa, y si no me ducho en un sitio público con mis 34 años, menos lo iba a hacer con 13, con la vergüenza que se tiene a esas edades. Pues erre que erre, menuda tabarra nos dieron con las duchas, llegando en una ocasión un profesor a preguntarme delante de toda la clase, “que qué iba a hacer entonces el día que tuviera que ir al ginecólogo”. Claro, porque es lo mismito e igual de necesario ir al médico que ducharme en un vestuario del colegio con olor a hiena revenida.

Mucho deporte, mucha gimnasia y mucha vida sana, y luego resulta que fuimos fumadores pasivos 12 años. Casi todos nuestros profesores fumaban en horas lectivas, algo impensable hoy en día, pero de aquellas era de lo más normal.

Cada vez que nos castigaba el Fangoso en el patio rojo, nos pasábamos la media hora correspondiente tragando sus humos. Y luego venían a darnos lecciones de buenos hábitos de vida.

En fin, que como ya podréis ir viendo, ese colegio era la casa de Bernarda Alba, por expresarlo de una manera fina.

En próximos capítulos, iremos sabiendo más cosas interesantes sobre esa casa de contubernio.

Última modificación: 25 abril, 2018

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