Detrás del escudo

Escrito por | Actualidad

“¡A por ellos! ¡Oeeee¡”
“¡A por ellos! ¡Oeeee!”

Los cánticos suenan como si estuvieran dentro del coche. La gente nos despide entre vítores y banderas de España. Se agradece, no es que uno tenga un trabajo muy agradecido y estos gestos animan.

Pero ¿a por quién vamos?

Mi mujer y mi niña no están entre la masa. De ellas me despedí anoche. Y cuando salí de casa me dijeron lo que me dicen siempre:
“Ten cuidado”.

El convoy es grande joder. Y los ánimos tampoco están mal. El camino es largo y estoy entre amigos. Hacemos bromas. ¿Qué ibamos a hacer durante tantas horas? En las dos primeras horas creo que ya hemos agotado todos los chistes posibles sobre Piolín y su lindo gatito y no hay más partidos de liga que comentar.

A medida que avanzamos hacia el norte el clima se vuelve más frio, el cielo se encapota y hablamos menos.

Hay un momento en el que ya no hablamos. Creo que ya todos somos conscientes de lo que nos han enviado a hacer. No nos gusta. Cumpliremos con nuestro deber.
Al mando se le acaba de ocurrir otro chiste sobre Piolín, volvemos a reír.
La estancia allí está enrarecida. Como si el ambiente estuviera cargado de electricidad estática. Podrías intentar integrarte. Desayunar en un bar. Pero tienes miedo. El acento te va a delatar rápido. ¿Y si topas con quién no debes?

Putos políticos. Ni desayunar tranquilo puede uno. A esto nos han llevado.
Ni la tele ponemos. ¿Para qué? La noche antes ya sabemos que hay gente encerrada en los colegios. Que lo que se va a buscar es la foto. Que vamos a ser poca mantequilla sobre demasiado pan. No somos tantos, y algunos preguntan a los mandos sobre lo que van a hacer los mossos. Los mandos hacen lo que los mandos hacen. Ponen disciplina. Tampoco mucho más pueden hacer, admitámoslo.

El sol apenas está en el cielo cuando salimos. La información es que los mossos no han podido entrar en un colegio electoral por la masa de gente y piden ayuda. Vamos.
Cuando llegamos, las supuestas 500 personas parecen 1000. Y hay 2 mossos. Sólo dos, sin defensas. Sin nada. Sólo dos hombres de uniforme. El mando va a hablar con ellos. Hay mucho ruido, la gente grita. Apenas oigo lo que dicen. El compañero de mi lado murmulla un “hijos de puta…”. Yo pienso lo mismo. Hay que ser un verdadero cabrón para organizar esta encerrona. Los vamos a hinchar a golpes y no están haciendo nada. Esto no podía salir bien.
El mando viene cabreado, pasa por delante soltando un lacónico “estamos solos, preparaos para entrar”. Miro en dirección a los mossos, con el que hablaba está mirando al suelo cruzado de brazos. Conozco es cara. Ha cumplido con su deber. Su compañero me mira. Le grito.
“¡Eh! ¡Qué ha pasado!?”
Me suelta algo en catalán que no entiendo. Resulta que el que merecía la pena era el otro.

“Putos Catalanes” escucho detrás mía mientras preparamos las defensas. Me vuelvo.
“Cómo te vuelva a escuchar eso te hostio”
“Mira pa lante”
“Que te controles te estoy diciendo”
Nos llaman la atención.

Un tio vociferante se adelanta y nos grita a unos cuantos metros. Lleva una niña de la mano vestida con una sudadera igual a una que tiene mi hija. Un compañero se adelanta. Discuten. Lo no verbal indica que le habla de la niña. El instinto paternal de impone. Se marcha.
Putos locos. Estoy rodeado de putos locos.

Unos pocos nos adelantamos a intentar levantar gente de la escalera de acceso. Hablamos. Bueno, lo intentamos. Es inútil. Aunque no estuvieran gritando no parece que estén muy dispuestos a escuchar. Comienzan los tirones.

Tengo en frente a un abuelo. Me mira. Lo miro. Me agacho, le agarro de la mano y le digo “por favor”. Me mira directamente a los ojos a través del visor, no dice nada. Hay demasiado ruido para hablar. Esos ojos han estado antes ante esto. Él ya sabe cómo acaba esto, que los dos hemos perdido. No pone resistencia, yo tiro y él se apoya en mí para levantarse e irse sin decir ni una palabra.

Putos políticos.
Lo que yo veo no es lo que ve la gente. “Asesinos, fascistas, opresores…” eso es lo más bonito que se dice.
Hago daño, retuerzo miembros, a veces un simple tirón es suficiente.
Ya no se cuántos llevamos. La cosa podría ser peor. Al menos no hay palos.
Cuando parece despejarse me mandan al cordon que cubre los vehículos. Otros compañeros entran.
Se escuchan gritos, consignas… nada nuevo. Puede que todo pasé sin más.
Me equivoqué.

Los compañeros salen. Uno lleva una urna. ¿Todo esto por eso? Es increíble cómo un puto cubo de plástico puede hacer tanto daño.

Putos políticos. Putos cobardes.
¿Para esto nos han mandado?
A los compañeros empiezan a lloverles cosas. Ya empezamos. Vamos a ayudarlos. Los cubrimos con los escudos. Me cae un cubo de agua de no se donde. Todo sea eso. Alguno se acerca más de la cuenta. Se va con la pierna caliente. El ambiente se recrudece. Llegamos sin mucho más problemas a los vehículos. Mientras nos vamos montando, unos pocos seguimos aguatando. Unos exaltados se adelantan. El compañero de mi lado se va a por ellos. Lo retengo. Le grito que mantega la línea. Veo como alguien se agacha a por una piedra. Ve que me doy cuenta. Nos miramos un eterno segundo.
“No lo hagas, joder” pienso. Levanto el escudo y endurezco los músculos listo para reaccionar.
“Puto capullo la que va a liar al final”.

Aparece la espalda de un mosso en mi visión. Lo reconozco, es el que estaba hablando con el mando. Al menos tiene cojones. Al otro no lo veo. A saber. Que le follen. Nos vamos.

A la vuelta no hay chistes sobre Piolín.
Por la ventanilla veo al padre que se llevó a su hija de allí andando de vuelta a casa, o eso espero al menos. Puto loco.
Yo quiero volver con la mía.
Hay rumores. Han tenido jaleo en otros sitios. Nosotros hemos escapado bien. Temo que este sea el primer disparo. Que no hayamos terminado, si no que hayamos empezado.
Me pregunto cuántos niños volverán a casa llorando la próxima vez.
Me pregunto si a los putos políticos les importa.
Me pregunto cuáles son los motivos para no sentarse a hablar y preferir esto.
Me pregunto cuánto tiempo tardará esa niña en tener la mirada del viejo.
Putos políticos. Putos locos.
Putos cobardes.

Última modificación: 3 octubre, 2017

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