Día de la Madre: ¿felicitar a quién?

Escrito por | Mapaternidad

Anteayer fue el Día de la Madre y el total de vuestros muros de, absolutamente, todas las redes sociales, se llenaron de felicitaciones hacia vuestras progenitoras. Vamos, que sus caras ya no tienen secretos para mí y si me las cruzo por la calle, igual hasta las saludo por inercia, al ser rostros conocidos.

Que me parece estupendo, oye, que es de bien nacidos lo de ser agradecidos y a nadie le amarga un dulce. Yo, como madre mismamente, si algún día veo públicamente una foto mía junto una declaración de amor filial, seguro que se me escapan unas cuantas lagrimillas y además plasmo una respuesta de esas que si te sale una hemorroide, lo hace garrapiñada y todo.

Es muy bonito eso de querer, valorar y respetar a las madres… Pero… ¿Y los hijos? ¿Por qué no existe el Día del Hijo? Porque a mí también me apetecería felicitarlos, invitarlos a comer y regalarles algo en un día exclusivo para ellos. ¿Que para eso existen cumpleaños, santos y Navidades? Ya, igualito que para las madres.

No olvidemos que las que somos madres lo somos porque nos da la gana, no para que nos lo agradezcan. A mí mis hijos no tienen que agradecerme nada. Al contrario, ellos me han hecho mejor persona, me han dado lecciones incalculables y, cada uno por la vía que ha llegado, me han aportado tanto que no me daría la vida para agradecérselo.

Y ahora voy a ser sincera. Estoy hasta el mismísimo de esas madres a las que solo les falta pasarles a sus hijos la factura de lo que se llevan gastado en ellos desde el inicio, cobrándoles hasta el primer potito. No creo que nadie os haya obligado a traerlos a este mundo y, por si no lo sabéis, os cuento que la maternidad es lo más altruista que hay… O que debería haber.

Los hijos no son un apéndice nuestro, no nos pertenecen, no son propiedades. No se tienen para no quedarnos solos, ni porque hay que tenerlos, ni para que nos cuiden de viejos.

Yo, de hecho, aunque sí cuidaría a mi madre si se diera el caso, espero y deseo ser como mi abuela, que dos meses le faltaron para cumplir cien años y hasta el último momento estuvo en su casa, valiéndose por sí misma casi hasta el final y sin depender de nadie. No me haría ninguna gracia que un hijo mío interrumpiera su vida para cuidar de mí, sería lo último que desearía para él.

A mi mejor amiga, que es madre de dos hijos varones, le llegaron a decir embarazada del segundo que vaya desgracia y que ahora tenía que ir a por la niña, porque sino… ¿¿¿Quién la cuidaría de vieja??? “¡El asilo!”, contestó.

Ya no hablamos nada si los hijos son adoptados, porque ahí ya no los padres -que afortunadamente pasan por un proceso de idoneidad que elimina a los que pretenden adoptar por raras motivaciones-, pero ahí sí la sociedad espera de ellos el doble que de los biológicos.

En mi pueblo, como en el de todo el mundo, mucha gente se fue a trabajar fuera cuando terminó de estudiar. Los hijos biológicos iban “a buscarse el pan”, pero Fulanito, que es adoptado, era un mal hijo y un desagradecido, que con todo lo que hicieron sus padres por él y el colegio y la carrera que le pagaron, mira cómo los dejó tirados. “Les hubiera valido más adoptar un gocho”, llegué a escuchar.

El otro día, leí por ahí lo buen padre que es Ortega Cano, porque sin ser Josefer biológico ni nada y ya teniendo él un hijo “suyo”, nunca le dio la espalda y hasta había ido a conocer a la nieta al hospital.

Y ya ni hablamos de la hija de Manolo Escobar, a quien pusieron fina hace poco por encontrarse en una provincia distinta el día que falleció su madre.

Somos padres, independientemente de la vía, porque nos da la gana a nosotros, por instinto, por egoísmo, por amor, por lo que sea. Pero NO para que nos lo agradezcan.

Y si nos molestamos en dar amor sin nada a cambio y en educar altruistamente a buenas personas, no debemos preocuparnos, porque siempre estaremos satisfechos del trabajo que, de buena gana, hicimos en su día con nuestros hijos.

Última modificación: 9 mayo, 2017

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