El día que murió Antonio Vega

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Juro y perjuro que no recordaba el día exacto. Pongo la mano en el fuego al afirmar que ha sido Facebook quién ha refrescado mi memoria, haciéndome revivir aquellos turbios momentos.

Antes de nada, que me perdonen los fans de este señor. Quiero decir, incluso, en mi defensa, que tengo alguna canción suya descargada en el Spotify y que su versión de Me quedo contigo considero que le da mil vueltas a la de Los Chunguitos.

Tengo una amiga que se llama la López. En realidad, seguro que la bautizaron de otra manera, pero por más que me esfuerzo, no logro caer en su verdadero nombre. La López es la persona más pesimista y negativa que os echaréis a la cara, tema que daría para una trilogía que no verá la luz. Cuando lea esto, comentará a modo de protesta; es parte de su encanto.

Hace ocho años, damas y caballeros, yo todavía iba a la universidad. Increíble, pero cierto. Y además mis clases se impartían por la tarde.

Encontrábame aquel mediodía ante el espejo, en plena sesión de maquillaje y acicalamiento más propia de salir a desfilar en Cibeles, cuando comencé a escuchar de fondo El sitio de mi recreo. “Antonio Vega ha fallecido a los 51 años”, anunciaba el presentador del Telediario.

De veras que lo lamenté, para olvidarme justo a continuación y bajar a coger el bus. Porque yo no soy de tirarme tres días llorando cuando se muere nadie. No. Por experiencia vital desde la infancia, tengo tan normalizada la muerte que, salvo en contadas ocasiones, los dramas por defunción no me van. Soy toda sensibilidad, ya lo sé.

Y aquí, mis queridísimos, viene siendo ya necesario el testimonio de la López, rememorando tan aciago día:

El viaje en autobús de aquella tarde fue la guinda del pastel de un día surrealista. El trayecto duraba algo más de 50 minutos y desde que subimos fuimos oyentes de palco preferente de la discografía completa del finado Antonio Vega. Algunas incluso las escuchamos dos veces. Está bien que vayas en el coche y de repente te pongan “La chica de ayer” porque siempre será un clásico y quien más o quien menos se sabe un par de líneas, pero desconozco el porqué de aquel improvisado homenaje personal del conductor. Durante el resto de la tarde tuve las canciones pegadas en la sesera y me era imposible mantener una conversacion sin que me viniera algún estribillo a la cabeza… todo ello amenizado por una charla magistral de Psiquiatría Forense que daban ganas de entrar en crisis de llanto. Luego pensé que era una afortunada… quién sabe qué clase de día hubiéramos tenido si nos hubiera tocado coger el autobús el día del deceso del Fary o la Jurado. Y como una ola… nos sigue invadiendo aquel recuerdo.

Se ha cortado. La López se ha cortado. Porque Víctor, el conductor del autobús, consiguió que nos bajásemos de su instrumento de trabajo al borde del suicidio y cantando el Romance de Curro el Palmo. “La vida y la muerte colgando en la boca tenía Merceditas la del guardarropa”. 

Total, que a continuación tocaban dos horas de Psiquiatría. Así, sin anestesia. Por más que lo intento, no puedo acordarme de qué coño dijo la profe para que la López la interrumpiera, a modo de protesta, exponiendo lo siguiente:

-¡Sí, como lo que dijo hoy la Ministra de que Antonio Vega era un ejemplo para la juventud! ¿Estamos locos o qué? ¡Démosles pues a los niños su primera raya por la Comunión!

Ella dice que no se acuerda… A mí no se me ha olvidado. Estábamos en la fila del medio y yo la tenía sentada detrás. Para más señas, me dio tal ataque de risa que casi me como la mesa.

“Y no me atribuyas declaraciones falsas, que te llevo al Tribunal de La Haya”, me amenaza ahora.

En fin, que lamento que este no sea un emocionado recuerdo a uno de los referentes musicales de la Movida Madrileña… sino más bien un trauma universitario… Pero bastante homenaje tuvimos gracias a Víctor. El conductor del autobús.

Última modificación: 12 Mayo, 2017

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