¿Es peligroso ser puta?

Escrito por | Sexo

 En la calle, sí. Y es una respuesta rotunda. Por mucho que se haya hablado de la figura del chulo de putas que te parte las piernas si te pasas de listo, están desprotegidas. Cada vez que una chica se va con un cliente en su coche, o a un portal, o a su casa, se va sin saber quién la acompaña y qué intenciones tiene. Suelen llevar algo que les de seguridad, navaja, spray, incluso pistola. Pero las posibilidades de reaccionar a un ataque son escasas si tenemos en cuenta la fuerza de un hombre contra una mujer de unos 50-60 kilos.

En nuestro país se han dado muy raros casos de ataques y asesinatos a prostitutas. Es algo que se ha metido en nuestro imaginario colectivo a través de las series policíacas norteamericanas más que porque lo leamos en el diario de nuestra región. Tenemos menos población, menos prostitución en las calles y la cabeza un poco más amueblada. Los problemas comunes por los que puede producirse un ataque es que la chica se niegue a hacer un servicio que el cliente solicite, y este se ponga furioso, o que la chica (en las de carretera sucede esto cuando se prostituyen para pagarse la droga) intente robar al cliente y este la pille. Hace décadas murió una prostituta en Avilés, yonki, por este motivo. Y es el último caso que se ha conocido en toda Asturias.

Ese es otro de los motivos por el que las prostitutas de calle no se mueven en exceso de la zona de trabajo, principal rompedero de cabeza de los vecinos. Pero, si su hija estuviera trabajando en esas condiciones, por necesidad -y no por vicio como exclaman en los programas televisivos sensacionalistas y en los informativos-, ¿dejarías que se montara con un desconocido en un coche y se la llevara a kilómetros de un núcleo urbano, a un lugar donde no pasara nadie? Ni lo permitirías tú, ni el “chulo” encargado de su control y seguridad.

En los pisos el cliente está absolutamente controlado desde el primer momento. Se tiene su número de teléfono –no se aceptan llamadas con identidad desconocida-, se le abre la puerta, se le conoce, se le puede identificar. Además hay un matón (les gusta que les llamen “guarda de seguridad”) que controla el acceso y la salida, y comprueba que la chica esté bien antes de que el cliente se vaya, y está atento también a cualquier posible llamada de socorro durante e servicio, normalmente con claves.

Pero no nos engañemos, esto se hace para proteger a la casa, no para proteger a las chicas. La mala fama que puede coger una casa de citas por una agresión tumbaría el negocio. Hablamos de denuncias, policías, investigaciones. La mayoría de los pisos –por no decir la totalidad- son ilegales, y recordemos que tienen a las chicas retenidas y explotadas.

Un conflicto supondría una agresión a la chica –parte de lesiones- y una agresión al cliente por parte del matón –parte de lesiones, posible denuncia-. Si la denuncia prospera, la policía acudiría al lugar. Tenemos dos opciones. O haber despejado para entonces el piso, con la consecuente pérdida de clientes y la de dinero por la reubicación de las chicas, etc; o que las chicas sigan en el lugar y se presenten a los policías como simples compañeras de piso. Cosa que no cuela, porque aunque nos cansemos de repetirlo, la policía no es tonta. Al llegar a este extremo se produce la posible coacción a los agentes en forma de dinero, o la asunción del delito. Que el cliente agreda a una prostituta en un piso de contactos, para el cliente es un tachón en su expediente. Para un piso, la ruina. Por eso es el lugar menos peligroso para las chicas.  

Cuando entramos al salón de un club ya pasamos por el control de uno, dos, o varios porteros (depende del tamaño del recinto). A nuestro alrededor sentimos cómo nos apuntan los objetivos de las cámaras de seguridad, monitorizadas en la garita del recepcionista de las habitaciones. Al más mínimo hecho probable de que un cliente vaya a molestar a alguna chica, se avisaría a uno de esos porteros para que lo controlara. Es famoso el caso de aquél hombre de más de 100 kilos de peso que entró en un puticlub madrileño pistola en mano gritando “Hoy manda mi polla”. Los porteros lo aplacaron en segundos, y la policía estuvo allí en minutos para detenerlo y enseñarle que hay pollas que mandan más que la suya. Fantoches de ese estilo hay a patadas, suelen ser inofensivos y llevar la testosterona cargada al límite, con sus amigotes y muchas ganas de tocar las narices, pero a la hora de la verdad ladran y no muerden. Es raro que suban con una chica, solo van a fanfarronear, y si suben, ya en la intimidad, se les baja la tontería y actúan como personas normales. 

En caso de que no fuera así, al menos en los clubs que yo conozco (y diría que en todos, por el mismo motivo que en los pisos: evitar conflictos, y tener a las chicas contentas y seguras), las chicas tienen un timbre en la habitación que suena para enviar a un camarero. Ese camarero tiene un walkie por el que informar a el portero si en vez de una petición de copa o de alargar la sesión lo que se encuentra  es un agresor.

Ariadna.

La primer paliza se la pegó su padre. Tenía apenas catorce años, no había hecho nada para merecerlo pero a aquel borracho le pareció la mejor forma de marcar su autoridad. También le pegaba a su madre, y le había pegado a su hermano de vez en cuando. Con catorce años Ariadna ya tenía cuerpo suficiente para aguantar los palos, o eso le pareció. Dos años después le hizo la maleta y la puso de patitas en la calle.

Argentina es un país muy bonito, pero muy devastado en los barrios más bajos. Sobrevivió por la caridad, quedándose temporadas en casas de amigas, comiendo a escondidas lo que sus excompañeros de clase le llevaban. Se hizo dura. Las cicatrices de su piel se cerraron en la calle. Tenía, cuando la conocí, la mirada vacía.  

Llegó a España a los 19, pensaba que había tenido la suerte de encontrar un trabajo estable. Lo que encontró fue un matón que quería explotarla sexualmente. Le pegó otra paliza, cuando su cuerpo ya se había olvidado del dolor, y la encerró en una habitación oscura con otras cuatro mujeres. Respiraban miedo. Les tiraron unas mochilas con ropa usada y muy escasa en tela. Las sacaron por un pasillo lleno de luz y Ariadna sólo podía ver sombras borrosas a su alrededor, difuminándose y alejándose. Sintió en su mano el tacto de otra, la fuerza de unos dedos apretando los suyos. La mano  cómplice de otra mujer que, como ella, estaba aterrada y no sabía a dónde la llevaban sus pasos. 

Les explicaron que habían adquirido una deuda. Que esos señores les habían pagado un billete muy costoso y tenían que devolverles el dinero. Después tendrían sus papeles, su trabajo y lo que quisieran, pero la forma más rápida de devolver el dinero era la prostitución. Tenían que pagar 6000 euros cada una. Si tardaban más de cuatro meses, serían 8000. Ella logró salir de aquel puticlub de mala muerte al año y dos meses, con su deuda saldada pero sin papeles, sin contrato, sin trabajo.

Lo único que había aprendido es a camelar a un hombre para poder ganar dinero. Y a fingir. A dibujar sonrisas en su rostro y en el que tenía en frente. A alargar el placer una hora, porque con media no ganaba lo suficiente para pagar y vivir. Y a encontrar un oasis de paz recordando el infierno de la calle de su Corrientes natal, un sitio al que no querría volver si la vida no le obligaba a ello. Recordaba diariamente las palabras de su madre, pidiéndole que se buscara un amor que no fuera como su padre. Había conocido a tantos hombres, y todos se parecían a su padre.

La siguiente paliza se la dio otra chica. En Madrid, en la Casa de Campo. Ariadna había metido en su mochila un tupper con arroz y una botella de agua. Cuando fue a sacarlo, una rumana se la arrebató sin más, y al levantarse del suelo para quitársela, le dio una patada en la boca y le rompió dos dientes. Lo único que pensó Ariadna es que con dos dientes partidos iba a ganar menos dinero que con su sonrisa casi perfecta, de muñeca de porcelana. Pero siguió trabajando, subiéndose en coches con desconocidos, aumentando su historial de conquistas.

Llevaba su pequeño libro de cuentas bien organizado. Escondía el dinero en el colchón del piso patera en el que vivía, pagaba 160 euros al mes por una cama caliente y una cocina abarrotada. Trabajaba de seis de la tarde a ocho de la mañana, dormía, se preparaba algo para comer y salía a buscar dinero. El resto lo ahorraba. Algún día trabajaría de camarera, alquilaría una casa para ella sola y tendría al hombre perfecto a su lado. Alguien a quien cuidar y que la cuidara como la niña a la que nunca supo cuidar nadie. Pensó que lo había encontrado en un cliente que la buscaba todas las noches y con el que hablaba, reía, compartía. Incluso que le compraba de vez en cuando ropa y le había prometido medio cielo. Pero un día, sin más, dejó de aparecer. Tal vez le había sucedido algo. Tal vez se había olvidado de ella, de una puta de carretera que nunca sería más que eso.  

La última paliza se la pegó otro cliente. La montó en su furgoneta, se la llevó a un descampado, y cuando Ariadna se tumbó en la parte de atrás, comenzó a darle golpes. El primero en las costillas, un moratón que tardaría días en desaparecer. El segundo en una rodilla que le duele aún cuando cambia el tiempo. Y el tercero en la cabeza. Ya no recuerda más. Se despertó en ese mismo descampado, semidesnuda, con la ropa rota y la boca llena de sangre. No lloró. Se levantó y fue caminando guiada por las luces de la ciudad. Cogió un autobús y contempló estupefacta cómo las miradas se bajaban a su paso y nadie le preguntaba si estaba bien. Madrid era aún más infernal que Corrientes. La gente de Madrid vivía en un infierno contínuo y nadie te ayudaba a salir de él.  

Cuando llegó a casa, buscó el dinero de su colchón, cogió 300 euros y fue en busca de un marroquí que siempre rondaba a las chicas ofreciéndoles protección. Habló con él lo justo. Le dio el dinero y se metió en la mochila el revolver sin número de serie que la acompaña siempre. Sólo tiene dos balas, no necesita más. El día que se manche las manos de sangre sabrá que ha sido el último que necesite estar protegida. Se entregará, porque su madre no la educó para usar la violencia. Nadie le hará caso, no escucharán su historia. Pero diez años después de aquella primera paliza, no volverá a sentir el dolor en su dura piel. O quizá mañana aparezca un hombre que no sea como su padre y pueda, por fin, encontrar las puertas del infierno y salir al mundo normal. 

Última modificación: 13 agosto, 2017

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