El franquismo y sus métodos educativos

Escrito por | Mapaternidad, Personal

Si le preguntamos a cualquier persona nacida entre principios y mediados del siglo XX, la mayoría tienen alguna historia que contar sobre los métodos supuestamente educativos que les tocó vivir. Mi madre suele contarme que del regletazo en los dedos pocos de su generación se libraron, y la verdad es que cuenta cosas que dan auténtico miedo.

Era de lo más habitual que un profesor o profesora te soltase un guantazo a mano abierta o un tirón de orejas por cualquier tontería, como estar hablando con el compañero de al lado o soltar una risita en clase. Incluso alguna que otra paliza por dar una mala contestación. Lo que viene siendo maltrato puro y duro, vamos. Si encima tenían la gran idea de ir con quejas a casa, les caía el doble, porque el razonamiento de los padres de la época era “algo harías”, por lo que el zapatillazo reglamentario no tardaba en llegar.

Esto era algo totalmente normalizado, a nadie le parecía raro ni exagerado. Simplemente era así, y creían que eso fomentaba el respeto a la autoridad.

El problema es que esos coletazos franquistas todavía llegaron a los primeros 90 y no tan primeros. En nuestro colegio no es que nos pegaran, porque tampoco se habría consentido, pero algunos profes de la vieja escuela sí que tenían la mano un poco larga de más, y de vez en cuando la sacaban a pasear sin pensárselo dos veces.

Hay varios guantazos memorables, pero hoy contaré los que más frescos permanecen en mi memoria.

En tercero de E.G.B, un día vino a cuidarnos una profe sustituta, cubana ella de nacimiento. La verdad es que la mujer ya de aquella era mayor, y le dimos una mañana de padre y muy señor mío. Nadie le hacía ni puñetero caso, y en un momento que me puse a hablar con el compañero de la mesa contigua, me dio tal tirón de pelos, que me giró la cabeza hacia atrás al más puro estilo niña del exorcista. Todavía recuerdo las lágrimas que se me saltaron del dolor, porque encima no me lo esperaba, y a ella dándome voces como una loca.

En otra ocasión, en cuarto, estábamos en clase de música tocando la flauta. (¿Habrá instrumento más absurdo?). El profe, que era también nuestro tutor, nos mandó copiar un pentagrama donde venían las notas musicales de una canción que rezaba así:

“Miguel Miguel Miguel, que la vuelta está al derecho, Miguel Miguel Miguel, que la vuelta está al revés”.

Era un temazo, vamos. El caso es que yo copié mal las notas musicales de la pizarra (Se me daba fatal el solfeo y nunca lo entendí, así que no prestaba mucha atención). El profe se puso a explicarnos cómo se tocaba la canción con la flauta, y para ello se quiso valer del pentagrama de mi libreta. Pero a medio tocar la flauta paró en seco, y me dijo super cabreado:

-Señorita Virginia, ¡esto está mal copiado! ¡Y con esta porquería de notas mal hechas no se puede tocar ni Miguel, ni Miguelín, ni Miguelón!

Y a la vez que una diciendo Miguel, Miguelín y Miguelón, iba acompañando las palabras con collejas, cada una más fuerte que la anterior, y mi cabeza rebotando con cada una. No me hizo daño, pero cabe decir que fue bastante humillante.

La verdad es que a pesar de eso, yo a este profe siempre le tuve mucho cariño, pues era y sigue siendo buena persona. Eso sí, sus métodos estaban, por decirlo de forma suave, un poco obsoletos.

Este mismo profe, un día yendo al salón de actos en quinto, cuando ya no era nuestro tutor, le arreó una guantada con la mano abierta a otro niño por salirse de la fila. Todavía nos acordamos casi toda la clase de cómo sonó, porque hizo hasta eco, menos el alumno damnificado, que lo niega y dice no acordarse de nada (mejor para él).

También en quinto, un día vino un profe a hacer una sustitución un día que no estaba nuestra tutora. La verdad, todo sea dicho, es que nos portamos como cabestros ese día. Era un hombre bastante mayor y no le teníamos respeto ninguno, por lo que la clase se desmadró y el hombre ya no sabía cómo controlarnos. Cuando por fin lo consiguió y la clase quedó en silencio, el niño que se sentaba frente a mí, soltó un sonoro estornudo. El profe se acercó lentamente, y desde atrás, le dio tal capón, que la cabeza del niño dio contra la mesa y rebotó hasta volver a ponerse en su posición original. El niño se ofendió muchísimo, porque decía que él sólo había estornudado, y yo tenía tal ataque de risa contenido, que estaba segura de que la siguiente iba a ser yo; por fortuna no me vio reírme, y ese día me libré.

Otra de nuestras profesoras tenía la costumbre de dar con el llavero con todas las llaves colgadas en la cabeza a una niña a la que tenía manía. Vale que nos reíamos, no lo vamos a negar, pero normal no era. Y menos si lo pensamos ahora que han pasado los años y lo ves con perspectiva adulta.

Escrito así, puede parecer que en el colegio nos maltrataban, y no era así en absoluto. Fueron momentos puntuales, no era una norma. Pero sí es verdad que esas cosas no se suelen olvidar, y que es innegable que los métodos de la vieja escuela pesaban en algunos más de lo deseable.

Por fortuna, creo que esto hoy en día es impensable, a pesar de que, he de decir, no tengo trauma ninguno y a día de hoy me río recordándolo. Pero desde luego no me gustaría que a mis hijos les hicieran eso en el colegio. Hay aspectos de lo políticamente correcto hoy en día que son discutibles, pero en este concreto, hemos avanzado mucho.

Menos mal que los profes no llevaban zapatillas a clase, porque estoy segura de que a más de uno le habría perseguido la zapatilla por los pasillos🤣

Última modificación: 30 agosto, 2018

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