Hermelinda

Escrito por | Literatura

Últimamente no deja de venirle a la cabeza esa negra antillana. Esa mujer sin edad. Esa haitiana increíble que de una casa te hacía un hogar y que cuando quedaban cuatro cosas en la despensa, por la desidia de no ir al supermercado, conseguía unos platos que ni en el mejor de los restaurantes.

“Es prieta, prieta, prieta. Pero cocina… Cocina…”, repetía la abuela.

Se sentía tan a gusto entre esas dos mujeres, plagadas de vivencias y de historias, que cuando lograba mimetizarse entre las dos no le pedía más a la vida.

Quizá entonces no lo valoraba lo suficiente. Las quería, sí… Con la despreocupación que la juventud implica. Porque no se imaginó que varios años después se sentiría huérfana, sin serlo del todo, apaleada por la vida con la mayor de las crudezas… Y ya no podría refugiarse entre esos dos pilares.

Un día, Hermelinda decidió consigo misma que ya no era necesaria. No había niños que criar, nadie es imprescindible, la casa retomaría su ritmo. Y no, ¡coño!, nadie se murió, pero su ausencia fue como una patada en el pecho.

Una mañana, muy temprano, antes de que nadie se pudiera levantar para sus quehaceres, recogió sus pocas pertenencias y regresó a su Haití natal. Ni una sola pista, ni el nombre de un pueblo, nada. Imposible dar con ella, sobre todo porque resultaba obvio que daba por concluida su labor con la familia. Con su familia.

Poco después de un año, la abuela se murió sin dramas. Acariciaba la centena, su momento había llegado.

Y aquella niña, que ya no era tal, se quedó sin hogar, sin amor, sin referentes, sin refugio.

En su interior, siempre supo que Hermelinda estaba muerta. Esa sensación no la engañaba jamás. Era el mismo vacío, sin respuesta pero con idéntica sensación de lejanía que sentía con la abuela, con su padre, con el resto de seres queridos que poco a poco se habían ido.

¡Quién volviera a aquella etapa! A tener unos brazos sinceros, desinteresados, cargados de amor del bueno en los que refugiarse.

Ojalá -pensó- vuelva a encontrarme en un entorno donde el resto de integrantes me quieran y me mimen la mitad. Difícil, ciertamente, en un mundo donde prevalece el egoísmo.

Entonces se secó una lágrima y, desconcertada, reparó en que no había una sola foto de Hermelinda en ninguna parte. Buscó y buscó, porque recordaba mil momentos inmortalizados, pero no logró encontrar una sola prueba de la existencia de aquella mujer.

Pudo ser tan real como inventada.

Y cerró los ojos, aterrizando en la cocina, encandilada por su olor a guayaba y canela y escuchó de nuevo a la abuela, tan católica, reprendiéndola por mentar el voodoo mientras inventaban pasteles imposibles y reían a carcajadas. La quemadura que el horno había dejado en su antebrazo derecho, cada vez más minúscula, era la única prueba de que todo había sido real. Candelo, Anaisa Pie…

Ae ae ae mamá
Ae papá
Ae bonsua ya comenzó
Ae mi lúa papa boco
Ae ae ese bife ya se monto

Con un retrato pa bajo y la candela en la boca
Con una vela en la mano y un rabo de gato en la otra
Con una vela en la mano y un rabo de gato en la otra

Y un pañuelo colorao
Yo tengo un lúa que me ilumina
Y me protege de la gente
Con cuatro Velas de a centavo
Y tres vasitos de agua ardiente

La bruja hace su trabajo
Con el tabaco en la boca
Se da cuatro zapatazos
Para traer a los hombres
Se cruza dos alfileres
Pa conseguir las mujeres
Se pone cebo en un sobre
Pa conseguir a los hombres
Y un pañuelo colorao

Ae Ae papá
Ae papá
Ae bonsua ya comenzó
Ae milbá papa boco
Ae Ae ese bife
Ae Ae ya termino

Con un retrato pa bajo y la candela en la boca
Con una vela en la mano y un rabo de gato en la otra

Qué bonito es pertenecer a un lugar donde te aman, te extrañan, te cuidan, te valoran. Pero todo se acaba. Todo, menos el recuerdo de esa haitiana que un día desapareció sin dejar ni rastro.

Última modificación: 17 agosto, 2017

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