Hombres, mujeres y ¿vice versa?

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Por: Elisabeth Morelme

Estaba yo pensando en estupideces en lugar de dormir que es lo que debería de estar haciendo (me encanta hacer cualquier cosa menos lo que tengo que hacer) y me han venido a la mente unas cuantas cosas respecto a la forma de ser de los hombres y las mujeres, cosas que unos hacemos y otros no entienden.
Vamos a poner ejemplos que sino igual no me seguís:

1. Cariño, no por más llamarme llego antes.

A los hombres cuando tardas les entra la vena acosadora y en esto el Whatsapp se ha manifestado como un invento del Diablo.

¿Estás ya? Oye, ¿ya? Esto.. ¿y ahora? Date prisa que se nos hace tarde…

Pero vamos a ver, tarde… ¿para qué?

¿Para salir a la calle sin rumbo fijo?

¿Para ver una peli y pedir una pizza?

¿Para, hablando pronto y mal, echar un pinchito?

Porque no es que hayamos quedado a cenar en Zarzuela con el Rey ni que hayamos reservado en el Ritz. Ni tampoco es que vaya con una hora de retraso. Que acabas de llegar, hijo. Aprovecha para aparcar bien y escuchar música, para ir a la nevera a tomar algo…

Y no, por mucho que me llames por teléfono desde abajo el ascensor no llega antes. Ni encuentro los zapatos más rápido. Es más, te diré algo: tardo más. Porque oigo el móvil, no sé dónde está, tengo que ir a buscarlo, encontrarlo, para entonces tú ya has colgado, tengo que llamarte yo de vuelta, decirte que no me toques las narices, colgar y volver a lo mío.

Si ves que me has avisado de que tú ya estás listo pero yo no salgo, siéntate y toma algo. Si me has llamado para decirme que estás abajo mal aparcado, haz tiempo aparcando. Pero no me metas prisa porque me pongo de mala leche.

2. Las fechas memorables son memorables por algo.

A mí la fecha de salida de tal gadget o cual fiesta me trae completamente al fresco. Pero si tú quieres ese gadget o ir a esa fiesta, me lo apunto. Porque es importante para ti y como tú eres importante para mí, la importancia de ese evento se hace extensible a mí.
Pues para mí nuestro aniversario, San Valentín, esto o lo otro, es importante.

Así que te lo apuntas en los eventos del calendario y vas a por unas flores, unos bombones o lo que te dé la real gana pero te acuerdas y me lo demuestras con algo especial. Que que te pongas una alarma y me mandes un Whatsapp diciéndome que te has acordado de que hoy es San Valentín sin más, no me sirve, yo ya me había dado cuenta antes que tú. Sino la próxima vez que me hables de qué día operan de un juanete a tu abuela te voy a escribir a las cinco de la tarde diciéndote cariño, que me he acordado de que hoy operaban a tu abuela de un pie, sin más, sin preguntarte qué tal está ni proponerte que vayamos juntos a verla.

3. Ir de tiendas es lo mismo para mí que para ti.

No sé por qué extraña razón los hombres piensan que ellos tardan menos cuando van de compras de algo que les interese. Cuando van a por calcetines puede ser rápido pero si le gusta la ropa, como a mi novio, tarda aún más que yo. Así que no comprendo por qué se queja cuando entro en Zara ¡pero si ya has visto la planta tres veces! Perrrdona cariño pero yo veo cuatro tiendas ocho veces y compro en todas ellas. Tú me haces patearme la zona de tiendas de marca que te gustan incansablemente, entramos en todas las puñeteras tiendas cien veces, las miras y remiras de arriba a abajo chorrocientasmil veces y sales sin comprar nada. Llegas a casa con un cinturón y una camisa de las que ya tienes mil y no se diferencia en absoluto de las otras 999.

Así que si tienes que comerte todo Zara, todo Primark, todo Bimba y Lola y todas las tiendas que me gustan que no son tantas diez veces, te las comes. Que tú tardas igual o más que yo y yo aguanto estoicamente el tirón mirando contigo y aconsejándote sin colgarme del móvil con cara de mártir sin hacerte el menor caso.

4. No, no puedo ducharme más deprisa.

Tú te metes en la ducha, te enjabonas cabello y cuerpo con lo primero que pillas así sea Fairy, te diviertes intentando encestar en la trampilla mientras miccionas, te enjuagas y sales.

Te secas tipo perro sacudiéndote con la toalla salpicándolo todo de agua, te pones desodorante, contemplas tu genitalidad y tus músculos en el espejo, te pones los gallumbos y estás.

Yo me enjabono una vez en pelo con champú, lo enjuago y repito el proceso para que el cabello quede bien limpio. Pongo una mascarilla para hidratarlo en profundidad y mientras me exfolio, retiro el exfoliante y me enjabono. De paso examino con lupa mi vello corporal y con dedicación lo extermino. Espero un poco para que la mascarilla actue bien. Me enjuago durante dos o tres horas porque es terrible para el pelo que queden restos de producto en él.

Salgo, me seco con todo el amor del mundo para no resecar la piel. La hidrato. Compruebo que no queda un sólo pelo vivo en mi cuerpo. Examino mis muslos haciendo balance de daños celulíticos. Me espanto. Me propongo firmemente ponerme a dieta y hacer ejercicio. Examino mi cara en busca de granitos o de nuevas líneas de expresión. Me espanto otra vez. Me embadurno la cara en crema. Me paso y no se absorbe. Me lavo la cara intentando quitar el mejunje. Me pongo la ropa interior, cuelgo las toallas para que se sequen, las mías y las tuyas que yacen en el suelo empapadas. Recojo mi ropa interior sucia y busco dónde has mandado a parar la tuya cuando te has duchado. Termino por localizarla colgando de la lámpara. Me subo a un taburete a por ella. La llevo al cesto de la ropa sucia. Espero a que el pelo deje de chorrear. Le pongo leave-in conditioner. Protector térmico. Lo desenredo con amor. Me espanto ya por tercera vez al ver la cantidad de pelo que se me ha caído. Me lo seco. Me lo cepillo. Sopeso la conveniencia ora de rizarlo ora de alisarlo basándome en lo que me pienso poner. Saco las tenacillas. Espero a que se calienten. Decido que es mejor alisarlo. Saco las planchas, espero a que se calienten mientras las tenacillas se enfrían. Lo aliso con extremo cuidado. Le aplico serum. Recojo los utensilios de peinado, pongo toallas nuevas, recojo los pelos que han caído por ahí. De paso limpio las salpicaduras que hiciste al secarte a lo perro. Recojo los litros de agua que te has apañado para tirar al suelo pese a que tenemos una hermosa y robusta mampara.

No tengo la misma piel que tú, ni el pelo tan corto y tan agradecido, no tengo tus musculosas piernas ni esa extraña manía de lanzar mi ropa sucia por los lugares más recónditos del baño. Tengo que recoger lo que tú tiras. Así que no, no puedo ir más deprisa y no me calientes mientras escojo qué ponerme porque te lanzo yo a ti un peep-toe a la cabeza.

5. Sí, tengo que cambiarme de ropa cien veces.

Y las que hagan falta hasta que me vea bien. Y, querido novio esto va por ti, tú también te cambias de ropa tres veces y yo no rechisto.
Tú te vistes para salir, te quieres ver mono pero ya. Yo me visto para mí y de paso por si nos encontramos a alguien que no me vea hecha unos zorros. Y los vaqueros que me quedaban bien el mes pasado ya no me sientan bien ahora así que tengo que sacar toda la ropa del armario y buscar unos que no me hagan el culo de Jennifer López, que en ella como es famosa cotiza mucho pero en mí queda como un flan de huevo con vida propia.

Y sí, necesito llevar esos zapatos porque aunque tenga seis parecidos, parecidos no significa iguales. Necesito esos y no otros porque para algo me compré esos y son los que el look requiere y los buscaré y buscaré hasta que aparezcan. Así que más te vale dejar de darme la brasa para que pueda concentrarme y recordar dónde los metí la última vez.

6. Una base de maquillaje no es un corrector y sí, necesito maquillarme para salir.

Tu inmejorable genética te ha dotado de una tersa y aterciopelada piel de un tono uniforme, mate pero sano y sin imperfecciones. Yo tengo marquitas de granos pasados, manchitas y tangliactasias. Así que necesito que el tono se vea uniforme.

No, la base no cubre e ilumina mis ojeras, para eso necesito corrector.
Eso es una prebase, la necesito para que las sombras no hagan pliegues y duren intactas hasta que yo quiera.

Con una capa de máscara de pestañas no hago nada, necesito dos.

Deja el colorete que aún te lo cargas.

Estoy definiendo la cuenca del ojo porque la mía es inexistente y necesito darle definición.

Trae aquí el lápiz que voy a delinearme la línea de las pestañas.

Deja quieto el rizador de pestañas que aún lo das de sí y si se joroba la presión que ejerce en la raíz. No, no es un aparato de tortura medieval, riza las pestañas. Pues porque las pestañas curvadas son más bonitas, ¿no ves que las mías son rectas y lisas como las de una vaca?

Me matifico con polvo porque sino dentro de una hora brillo como un Gusiluz.

Te dije que te ibas a cargar el colorete, te lo dije, te voy a matar. A ver ahora cuál me pongo.

Sí, lápiz de labios fijo y encima un gloss porque los labiales fijos resecan que da gusto y yo ya tengo los labios secos de serie. Pues me pongo el labial fijo primero para que dé colorcito al labio y dure más. Que no, que el gloss se va en nada y dura un asalto, que no me vale con ponerme sólo el gloss.

Mierda, me he manchado el párpado de rimel, ahora tengo que retirar la manchita y volver a aplicar y difuminar la sombra.

Pero ¿¿¿qué has hecho??? ¿Por qué has usado mi sombra negra para hacerte rayas por la cara a lo Rambo? J*der voy a por una toallita, anda, quítate eso de la cara.

C*ño, me he olvidado de contornear e iluminar, ¿ves? ¡Es que me desconcentras y yo así no puedo!

Otro día seguimos con La Incomprensible Postura Del Hombre o por qué les provoca tanto placer recoger sus testículos con una mano mientras leen el periódico en el iPad y por qué nos empeñamos en llevar tacones aunque nos muramos de dolor de pies y volvamos a casa cojeando pero ahora mismo de verdad que tengo que irme a la cama. En serio. C*ño, se me ha hecho tardísimo.

Última modificación: 17 mayo, 2017

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