La paradoja del palo de la escoba

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Por: Elisabeth Morelme

Resulta esto ser que en mi penúltima carrera yo tenía un profesor desternillante. El típico profesor que ya no es precisamente joven, que ha visto mucho mundo, tiene un coco de oro y gran sentido del humor.

A menudo nos desviábamos del tema que estábamos tratando y terminábamos hablando de otras cosas.

Recuerdo el día en que acabamos hablando de modelos: oiga, ¿y puede alguien decirme por qué desfilan todas con cara de mala leche? ¡Parece que están cabreadísimas, entre la cara que ponen y las zancadas que dan parece que las obligan a desfilar y que es un suplicio! Y les contaré por qué están tan delgadas. Uno las ve a ellas, luego se prueba las prendas y se viene abajo. Pues esto es muy sencillo: cualquier prenda de ropa le queda mejor al palo de una escoba que a una persona. Se ve la prenda como es, la caída, el corte y todo esto, ya saben. Pero sin ropa pues obviamente siempre será mucho más hermosa una mujer que el palo de una escoba. Pero yo lo entiendo, ¿eh?, entiendo que para desfilar sean mejores los palos de las escobas. Pero en la vida real, créanme, ustedes no quieren ser el palo de una escoba.

Del día que nos soltó sin inmutarse no se engañen, el amor no es más que la excusa para follar mejor hablamos otro día.

El caso es que no es un secreto que a mí me encanta todo lo relacionado con la moda y la belleza.

Yo tuve unos años de gloria cuando dejé de ser un híbrido entre una niña y una mujer, encontré mi estilo, me cambió el cuerpo… Iba hecha un cromo, eso también os lo digo, porque la moda siempre ha hecho mucho daño. La moda y Britney Spears, Mari JLo y demás.

Luego, no hace tanto, llegaron los blogs de moda. Pibas sin curva alguna, delgadísimas, con piernas de tres metros y medio de largo, cabello rubio lacio o ligeramente ondulado y abundante por la rabadilla, enormes ojos claros y piel bronceada o de porcelana (vamos, pálida pero sin caer en el reblancor nuclear este mío, una cosa de muñeca de porcelana de colección, una pez pálida agradecida).

Al principio había cuatro a las que todas seguíamos. Yo pensaba que esas cuatro eran modelos y que claro, normal que estuviesen tan delgadas y tan fibrosas y apañás. Pero ahora hay chorrocientasmil. Das una patada a una piedra y salen dos millares, son legión. Y claro, sitio para mi culo brasileño -querida madre, te agradezco el eufemismo o el amago de piropo pero mi culo no es ni brasileño, mi culo es algo así como el de Kim Kardashian o JLo sólo que como no soy famosa ni llevo ropa de diseñador (ni Photoshop) no cotiza, más bien repugna- pues como que no hay.

Llevo ya un par de veranos que me cuesta soltar los vaqueros una barbaridad. Ya cuando hace un calor asfixiante y es cuestión de vida o muerte -por golpe de calor- me los cambio por un short.

Pero sufro. La piel blanca, blanquísima, la celulitis, la piel blandurria.. Oye yo no soy modelo y llevo una rutina bastante cargadita que no me permite hacer ocho horas de cardio-aerobic al día, que yo vivo de lo que estudio, no de mi cuerpo.
Pero claro, llevarse mal con el cuerpo de una pues es molesto porque no tienes otro, te ha tocado este y andando, algo habrá que hacer con él.

A esto se suma el acné, que no tuve ni con quince años y ahora, casi con el doble de edad, parezco una paella Alicantina. Quistecitos de estos que son como un grano que no llega a tener cabeza jamás, marcas de quistecitos anteriores, la piel grasa como una freidora de patatas del Mc Donald’s. Un horror.

Y yo entre los granos y la baja forma física estoy pal arrastre. Que es que rezo para que suban las temperaturas pero a la vez pienso en abandonar los vaqueros y me entra ansiedad, me pongo a hiperventilar y bañada en un sudor gélido repugnante y lo paso fatal.

Total, que habrá que hacer algo porque yo así no puedo vivir, me miro en el espejo y mi cara parece parece tener quince años y mi cuerpo cuarenta. Ya no sé dónde quedé yo, con mi piel mixta de poritos dilatados pero sin granos. Y mi tripa remetía pa’dentro y mis caderas normales y mis piernas normales. Y de mi pecho pequeño ya ni hablamos, yo no quiero saber cómo se va a poner esto cuando yo tenga que lactar, se va a quedar Yola Berrocal a la altura del betún.

Vamos, que me miro al espejo y pienso que me han pegado el cambiazo, que quién es esa que me mira con esas ojeras tras tanto grano.

Si esto es así a las puertas de los treinta miedo me da la antesala de los cuarenta, empiezo a pensar seriamente que quizá sea la antesala de la consulta del cirujano plástico, la verdad, con su hilo musical y sus revistas de treinta páginas de publicidad de marcas carísimas por una de reportajes sobre vacaciones en islas desiertas (pero con habitaciones de hotel de 2500€ la noche) e ideas sobre qué llevarte en la maleta (de Louis Vuitton, of course) al viaje en cuestión (bañador de crochet negro de Dior, pamela de Prada, Hawaïanas en tonos flúor, sandalias con incrustaciones de Swarovski de Louboutin, maxi bolso de rafia de Miu Miu, maxi vestidotie-dye de Gucci, perfecto con tachuelas de Balmain y botincitos tobilleros de Isabel Marant en tono nude para combinar con los mini shortsvintage de Levi’s, súper asequible al bolsillo de la mayoría de los mortales en estos tiempos de crísis todo ello).

De modo que algo hay que hacer. Yo de cremas no soy y tengo bastante poca fe en ellas más allá de su condición hidratante, al gimnasio no voy a ir porque lo sé y me conozco y si no voy ni diez minutos a matricularme como para ir tres veces por semana un par de horas, vamos es que ni aunque me pagasen, estoy segura conociendo lo perra que soy.

Así que no sé. Tendré que comprarme una bicicleta elíptica, unos steppers y una comba. De la cinta ya ni hablamos que los aparatos de cardio son carísimos y sólo con una bici y unos steppers decentes se te puede plantar la broma en mil €uros, que yo no sé si la bici elíptica te enseña geometría en el espacio mientras practicas o qué, habrá que mirarlo.

Pero yo quiero ser el palo de una escoba porque oiga ud., me siento discriminada entre tanta modelo de Victoria’s Secret.

Ay mundo egoblogger, cuánto daño has hecho. Como a casi todo en mi vida, te odio más de lo que te quiero.

NOTA: Escribí esto cuando aún existían los blogs de moda y empezaban a despuntar, cuando todavía el término “influencer” no existía… y cuando no había, ni mucho menos, cumplido los treinta aún.

Hoy en día me reitero un millón de veces y más, más dura y desesperadamente.

Última modificación: 17 mayo, 2017

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