La prostitución masculina

Escrito por | Sexo

La prostitución no es sólo cosa de mujeres, si bien hay una diferencia básica entre clientes hombres y clientes mujeres. Los hombres buscan sexo, rápido y sin explicaciones a poder ser. Las mujeres buscamos compañía. Muchos extranjeros llegan a nuestro país con una mano delante y una detrás y ven en la prostitución una salida fácil a su situación económica. Conocemos a muchas mujeres que lo han hecho, pero también hay hombres que lo hacen.

La diferencia es que estos sí que vienen pensando en el paraíso idílico de los gigolós y se encuentran con que las mujeres no solicitan apenas sus servicios. La mujer que quiere follar, folla sin pagar. Para que te solicite como chico de compañía tienes que tener una presencia impoluta, una conversación amplia y unas dotes sexuales muy merecedoras de un sueldo. Por ello, prácticamente todos los que intentaron hacerse gigolós y vivir de las mujeres acaban convertidos en chaperos y viviendo de los hombres. Ojo, hablo de extranjeros porque es lo que más abunda en mi entorno, pero últimamente esta opción  la han tomado, por el mismo motivo que la prostitución femenina, muchos españoles también. 

Yo conocí a Roberto y Nico en mi tienda. Ofrecían su pene a mis clientes, sin más. Se metían en una cabina con un señor, se dejaban hacer y salían con 20 euros más en la cartera. Se les reconocía porque llevaban gorra. Tanto, que a un cliente le tuve que pedir que me dejara la gorra porque estaba mirando las películas para alquilar con ella puesta y un sesentón empezaba a rondarle muy sospechosamente. En otras provincias se ataban un pañuelo al cinturón, dependiendo del color del pañuelo podías saber incluso la tarifa que te iba a imponer. Les veía desfilar con tres o cuatro clientes al día rumbo a las cabinas. Siempre fueron muy limpios, nunca me dieron un problema, poco a poco entablamos una sana amistad.

Roberto me contó su sueño español. Venir aquí y trabajar. Era rumano, vino con toda su familia en un coche que se desmontaba por kilómetros, había pensado en volver muchas veces a su pueblo natal pero sabía que la situación era peor allí que aquí. Y aquí no vivía tan mal. Se acostumbró. En realidad, tampoco era tan malo. Se metía en la cabina, se tumbaba en el sofá, se ponía una peli porno de tías con tetas grandes y dejaba que un señor mayor se la chupara mientras la veía. Él se imaginaba a la rubia de turno en lo que durara, se corría, cobraba 20 euros y se iba. A veces el cliente le deslizaba un condón y se ponía a cuatro patas. Era activo, Nico también. Lo tenían muy claro: cobrar sí, arrastrarse no.  No eran gays, odiaba que les dijeran que eran gays. Sólo se ganaban la vida así. 

 

Conoció a Paco en mi tienda. Paco también había sido chapero en sus años mozos, ahora con sus 53 años que parecían 70 pagaba por tener sexo. Tenía mucho dinero porque había sabido ahorrarlo. Pero también tenía SIDA porque no había sido lo suficientemente inteligente para saber decir que no a veces. Era en lo que más insistía a Roberto y Nico, que siempre, siempre, usaran protección. No sabes quién puede estar contagiado, y es algo que te va a durar toda la vida. Paco llevaba casi 30 años tratándose con retrovirales, a veces pensaba que una simple gripe podía llevarle al otro barrio. Se lo dijo a Roberto: si en un par de días no me ves, ve a preguntar al cementerio. En el fondo, se tenían cariño. Roberto lo veía, a su manera, como un padre.

-Le gusta cuidar de mí, soy como un hijo. 

-Pero te lo follas. 

-Claro, pero eso es a parte. Tiene mucho dinero, pero dice que si quieres el dinero sabes lo que tienes que hacer. Yo lo hago, no me importa. A veces me consigue otros trabajos, el otro día fuimos a una finca de un amigo suyo para limpiarla, cobramos 100 euros cada uno.  

-Y luego te lo follaste. 

-Claro, porque a él le gusta. Luego es cuando me dice que le recuerdo a él de pequeño. Él sabe lo que es esto, por eso me gusta ir con él, nunca me pide nada raro, siempre me trata bien. Sabe lo que es hacer esto por dinero. 

-Paco lo hacía más bien por vicio. 

-Sí, claro, por eso ha estado con todos los que estamos en el parque, pero también lo hizo por dinero, y mira todo el dinero que tiene. Si yo no tuviera que mantener a mi familia yo también ahorraría todo ese dinero y tendría mucho dinero cuando tenga los años de Paco.  

 

No era mi tienda la mayor fuente de clientes que Roberto tenía. A los que no sabéis del tema os sorprenderá mucho esta revelación:

El mayor negocio de los chaperos son los baños de las estaciones de autobús. Roberto entraba en el baño, sacaba su material y esperaba a que alguno de los hombres que estaban ahí de pie, se fijara. Llevaba su eterna gorra puesta. Se metía en el cubículo del retrete y esperaba a que uno de esos entrara. Le hacía una seña con la mano para dejar clara su tarifa, 20 chupar, 30 completo. Por supuesto, que se la chuparan a él o que él fuera el activo. O, al menos, eso era lo que Roberto me decía a mí. Si el guardia de seguridad estaba al acecho, se lo traía a mi tienda (a escasos 200 metros de la estación de autobús).

Cuando terminaba, iba al baño, se aseaba y venía a verme. Muchas veces se sentaba conmigo a ver la tele y descansar, o salía al bar de enfrente a comer algo. Siempre tuvo el estómago vacío y la conciencia tranquila. A las 6 de la tarde salía a llevar el dinero del día a su madre, que no preguntaba ni le interesaba de dónde había salido. Volvía para las 8, un horario muy bueno. Los hombres de mediana edad salían de trabajar, o los jubilados –principal fuente de ingresos de Roberto- ponían en casa la excusa de ir a ver un partido o simplemente a tomar unos vinos por ahí. Según los veía entrar por la puerta, ya sabía quiénes eran y qué querían. Convertía mi tienda en un burdel, pero ambos nos beneficiábamos de ello: a mí me dejaban unos 20 euros en la cabina para el gasto de la película, y a él 20 en el bolsillo para poder vivir. Y ninguno de los dos nos veíamos obligados a nada.  

Última modificación: 25 septiembre, 2017

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