De los jóvenes de hoy en día y la pertenencia a bandas violentas

Escrito por | Actualidad, Mapaternidad

Les traigo hoy otro tema que necesito abordar desde hace tiempo ya pero que, por su complejidad y dado que no soy ninguna experta en la materia, he ido dejando de lado.

Se trata de la pertenencia de los jóvenes de hoy en día a bandas conflictivas. ¿Por qué lo hacen?, y lo que es verdaderamente importante: ¿para qué?

Supongo que debo empezar por lo obvio: que la pubertad y la adolescencia son dos etapas muy complicadas en la vida de todos, que la transición de la niñez a ser adulto es muy convulsa, que es difícil encontrar tu lugar cuando no sabes qué ni quién eres y colgando sobre tu cabeza como una espada a punto de atravesarte el cráneo y empalarte, están cuestiones que, se supone, van marcar el resto de tu vida (¿universidad?, ¿formación profesional?, ¿inmersión de cabeza en mercado laboral?, ¿qué universidad?, ¿qué carrera?).

Que estás agobiado, muy agobiado. E irascible, enfadado con el mundo entero porque parece que el mundo entero está en tu contra.

Que te quieren definir y limitar pero tú ya eres mayor para irle rindiendo cuentas a nadie y que es hora de que empieces a tomar tus propias decisiones aunque eso implique equivocarte. Y si te equivocas ya buscarás ayuda donde sea, menos en tus padres.

Esto lo sabemos todos, ¿verdad?. Bien, prosigamos.

Como seres humanos, tenemos unas necesidades básicas que han de verse cubiertas para que alcancemos el grado máximo de bienestar.

Muchos son los estudiosos (enfermeras, antropólogos) que han enumerado cuáles son estas necesidades básicas y las han ordenado por orden de importancia.
La lista con la cual yo estoy más familiarizada es la de la enfermera Virgina Henderson, en la cual, la interacción con otros seres humanos ocupa un nada despreciable décimo lugar de catorce necesidades vinculadas.

Los humanos somos seres biopsicosociales y una de nuestras necesidades básicas es la sensación de pertenencia tribal, a saber, sentirnos parte de un grupo.

Esto no es nada nuevo, desde que el hombre existe ha necesitado de la interacción con otros humanos, llegando a darse cuenta de que, agrupados, la supervivencia era más fácil, organizándose así en tribus.

En toda tribu hay una jerarquía y un reparto de responsabilidades y el engranaje funciona a la perfección cuando todos los miembros cumplen con su función.

La sociedad actual no es distinta, no se engañen: nos venden la ilusión de individualidad, de que somos únicos, de que haciendo esto o lo otro (comprando esto o lo otro) vamos a ser diferentes, vamos a distinguirnos de la masa. Pero lo cierto es que vivimos en la más absoluta globalización, más en contacto que nunca los unos con los otros (pequeño matiz: estamos más cerca que nunca de aquellos que están lejos y más lejos que nunca de aquellos que están cerca. Denle las gracias a los smartphones y las redes sociales).

De modo que, aunque a Uds. no se lo parezca, siguen formando parte, más o menos activa, de la sociedad en la que les ha tocado vivir. Y su sueño de irse a vivir a una isla desierta es sólo eso: un sueño. Del que rápido se desencantarían y les pasaría factura a nivel psicológico.

Extrapolemos al contexto adolescente: los jóvenes necesitan más que nunca sentirse parte de un grupo.
Porque si duro es ser parte del grupo de los débiles, de los raros, los marginados, los “frikis”, más duro aún es no ser parte de ningún grupo. Aunque sea del peor de ellos.

A pesar de que en un grupo la mayor responsabilidad recaiga en uno de los miembros, todos se apoyan entre sí, el que más carga soporta la comparte con los demás y así alivia un poco sus hombros. Esto en soledad no es factible, no hay nadie con quien compartir nada.

 

 

Ahí está ese chico de catorce años, víctima de bullying, bajito, muy delgado, con acné, con ortodoncia, con deportivas que no son de marca y un móvil a pedazos, soportando que todos los días le caiga una lluvia de insultos y de collejas encima. Soportando que le digan que sus padres son unos muertos de hambre, vaya Ud. a saber si también que su padre es un borracho y su madre una puta, que él se gasta en vino el poco dinero que ella gana a polvos, de cuneta en cuneta porque es más fea que todas las cosas y casi tiene que pagar ella para que le concedan un servicio … en fin, todo tipo de barbaridades, esto es solo un ejemplo. Y que claro, por eso no tienen dinero para pagarle al hijo un móvil nuevo o las deportivas de marca tal pascual.

O quizás se dé el caso contrario, quizás tus padres se pasan el día en la oficina porque no se soportan entre sí y cuanto más curren menos están en casa y menos tienen que verse las caras y a ti tampoco te quieren pero para que te calles te dan mogollón de pasta y te compran todo lo que quieres, no es porque te quieran, “flipao”, es pa’ que te calles, jajajaja, so “pringao”.

Y ese chico de catorce años odia a sus padres. Por no tener dinero o por tenerlo; por estar siempre encima de él diciéndole qué hacer y qué no o por no estar nunca; por todo y por nada.
Bueno, porque aquellos con quienes más confianza tenemos y con los que sabemos que siempre podremos contar es precisamente aquellos con quienes elegimos pagar todas nuestras frustraciones.

Nuestros padres, esas personas que, una vez en la edad adulta, son las primeras a las que recurrimos en busca de consejo, son nuestros peores enemigos en la adolescencia. No entienden nada y todo es culpa suya. Es más, basta que tus padres digan blanco para que tú te empecines en negro. Basta que te digan que no hagas algo para que te lances, con la cabeza por delante, a hacerlo. Cualquier consejo que intenten darte te irritará hasta la exasperación más absoluta y, por supuesto, harás exactamente lo contrario a lo que te han recomendado.

Estás solo.

¿Qué hacer entonces? ¿Quién me guarda las espaldas, quién me escucha, quién me apoya, quién me comprende? ¿Quién va a dar la cara por mí?

El Pez Más Grande. Porque, querido/a lector/a, siempre hay un pez más grande que tú en el mar.
Y está al acecho.

 

 

El Pez Más Grande te está buscando porque te necesita más que tú a él. Un rey, sin sus súbditos, no es nada. Necesita que alguien le haga el trabajo sucio, que alguien garantice el que cree que es su status quo.

Así que sí, te necesita y por eso te busca, te espera y te envuelve en su corriente, te arrastra en ella y con ella. Te seduce con su atención (se ha bajado de su pedestal para mirarte a los ojos y hacer eso que crees que nadie más hace: escucharte, entenderte).
Te promete lo que necesitas: ser parte de algo. Estar siempre ahí para ti. Darlo todo por ti. Pero primero has de demostrar ser digno de ello.

Les parecerá a Uds. harto complicado entrar en una banda violenta pero no lo es: los chicos van a entrar, eso denlo por hecho.

Siempre y cuando sepan mantener la boca cerrada y no den problemas, van a entrar. Si no están muy duchos en el arte de dar palizas a la gente, ya se les enseñará.

Si muestran reparos a la hora de hacerlo, ya se les inculcará la importancia de hacerlo y/o se les coaccionará.
Si aún muestran demasiado apego a su familia, ya se irá minando el vínculo.
Créanme, tienen forma de irse enfrentando a cuantos problemas puedan surgir menos a uno: que un chico hable.

Pero ¿para qué iban a hablar los miembros del clan? Tienen lo que querían: son parte de algo. Y no de algo sin importancia: del grupo más fuerte.

 

 

Ahora se les tiene en cuenta (o eso creen ellos). Ahora tienen un lugar en la jerarquía del grupo y se les ha enseñado que ellos son necesarios para el grupo porque cumplen una función en él. Y él debe cumplirla, se lo debe al grupo, se lo debe al líder. Se lo debe a sí mismo… porque sin el grupo no es nada.
Mientras siga los preceptos y las instrucciones que se le dan, goza de respeto dentro y fuera del grupo. De reconocimiento. De apoyo. Tiene todo lo que (cree) que nunca antes tuvo. Por eso está dispuesto a mantenerlo como sea.

Hay chicos que son cócteles molotov: problemas de control de la ira, intolerancia a la frustración, sentimiento de pertenencia tribal que no quieren perder, seso sorbido, quién sabe si abuso de sustancias legales e ilegales también; más veces que menos, problemas psicológicos que requerirían de tratamiento farmacológico.
Son más violentos que el resto y, en ocasiones, hay que frenarlos porque van dándose de guantás hasta con las farolas.

 

 

Estos actúan un poco por libre y por problemáticos que parezcan, son muy útiles para el grupo, puesto que son los primeros en ofrecerse para solventar cualquier altercado que amenace con perturbar la paz del clan: se pega una paliza y punto, a otra cosa, mariposa.
Son útiles para el grupo y el grupo es útil para ellos, se establece una relación de codependencia muy dura de romper, especialmente cuando los padres están ausentes o no saben cómo actuar ante el lío en el que se ha metido el hijo.
Así pues, la situación puede prolongarse años, durante los cuales el joven va escalando puestos en el escalafón del grupo y se le conceden más responsabilidad y mayor control.
Cuanto más alto está en la pirámide del clan, más aferrado a él. Por ende, más ardua será la tarea de sacarlo si no abre los ojos por sí mismo.

Si lo hace, el grupo tiene un amplio repertorio de instrumentos disuasorios: desde la amenaza hasta la violencia extensiva a la familia del miembro descarriado.

Si el chico que empieza a dudar del jardín en el que se ha metido no encuentra algún punto de apoyo fuera, va a vivir una situación muy estresante y angustiosa: es consciente del berenjenal en el que está pero ¿cómo salir de ahí? Habrá represalias y sabe de sobra cómo serán. No quiere de ningún modo pasar por eso ni hacer que quienes lo rodean lo sufran.

Será necesario un fuerte y bien organizado sistema de apoyo para ayudar a la criatura a salir (ilesa). Es el momento de que intervengan la policía, psicólogos, tutores… padres.

Pero ¿y si el joven no quiere salir? ¿Y si le va bien pagando su furia con el primer chiquillo que haya salido una noche a tomar una copa?

Ni el grupo los controla, la rabia se les va de las manos y salen a la calle siempre a la defensiva y buscando bronca. En cuanto se descuidan han dejado ciego a otro chico, lo han dejado en coma, lo han matado.

¿Qué hacemos con ellos?

Estoy de acuerdo en que la intervención de psicólogos y psiquiatras es fundamental pero ¿no son nuestras leyes muy laxas al respecto?

Si la vida no tiene valor ninguno y estos críos se la juegan y las van arrebatando a diestro y siniestro por la calle como si tal cosa, por jóvenes e inconscientes que sean, ¿no habría que tener en cuenta que si han tenido estómago para dejar minusválido o matar a alguien, deberían de tenerlo también para acarrear con las consecuencias de ello en la cárcel?

Y ojo, tengan Uds. en cuenta que estamos en Europa, más concretamente en España, esto no es Guantánamo.
Aquí irán a múltiples terapias, terminarán la educación primaria si es necesario, harán ciclos formativos, asistirán a terapia ocupacional; tendrán a su disposición el sistema de apoyo que no tuvieron (o no supieron aprovechar) fuera.

¿Por qué no dejarlos cumplir en la cárcel el tiempo que es justo que pasen allí? Mientras están en la cárcel, controlados por profesionales y aprendiendo cómo funciona la sociedad, cómo comportarse y subsistir en ella, no están en la calle dando más palizas, no están amenazando la vida de cualquiera que se les cruce por el camino ni la suya propia.

El tiempo en prisión no es tiempo perdido, es tiempo invertido.

Ahora que hemos hecho un muy breve repaso de la situación (sí, aunque no se lo parezca, en pos de no hacer un post infinito me he dejado muchísimas cosas en el tintero) y ya sabemos cuáles son algunas de las principales causas que llevan a los niños de hoy en día a entrar en bandas violentas, ahora que sabemos que son violentos en parte por exigencia de la banda, en parte porque están resentidos con la sociedad y tienen una ira descontrolada hirviéndoles por dentro, ¿nos paramos un poco a reflexionar sobre si no es necesaria una reforma de las leyes existentes concernientes a menores de edad y jóvenes?

¿Vamos a seguir aceptando que gente inocente se quede lisiada de por vida o sencillamente muera sin exigir un endurecimiento de las leyes para los responsables? Especialmente teniendo en cuenta que la cárcel no es la cámara de gas de un campo de concentración.

En mi opinión es necesario no sólo estar más encima de nuestros críos de lo que lo estamos y ofrecerles un ambiente lo más estable y armonioso posible para que transicionen de niños a adultos; es necesario sentarse periódicamente a hablar con ellos y hacer una puesta a punto sobre dónde están en sus vidas y respecto a la sociedad y recordarles todas las opciones de ayuda que tienen a su disposición.
Es necesario recordarles que estamos a su lado, que no están solos, que ya son parte de algo. Y que no todo vale, que no todos los grupos son buenos y hay algunos en los cuales no merece la pena esforzarse por entrar y mantenerse.

Además es necesario que si todo esto falla, al menos tengan miedo a las consecuencias de sus actos. Y que si acaban en un centro de menores o en la cárcel, aprovechen el tiempo que están allí. Que para quienes compran comida para bebés y pañales con una tarjeta de crédito que no han robado y solo se han encontrado, es demasiado y para quienes matan a alguien nada más comenzar su vida, sin pensarlo, sin dudarlo, sin remordimiento ninguno… demasiado poco.

Última modificación: 19 julio, 2017

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