Manada de irresponsables

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El pasado viernes, en la zona de copas de Gijón, dos chavales propinaron tal paliza a un joven de 24 años que lo dejaron en coma inducido y del que probablemente se despertará con secuelas, dada la gravedad de las lesiones producidas en la parte frontal del cráneo.

Nótese la diferencia entre chavales y joven. Tras ver las fotos que circulan de los dos energúmenos diría que si pasan los 18 lo harán por poco.

El motivo de la paliza no queda claro, pero parece ser que fue al azar. No al azar de pito pito gorgorito, pero sí al azar de hoy salimos buscando hostias y a la primera excusa las repartimos. Comentan en redes sociales la pertenencia de estos dos niñatos a un grupo ultra de fútbol, con planteamientos fascistas, y que acuden a un gimnasio para preparar este tipo de trifulcas en compañía de más piltrafas de su estilo. Si es cierto o no, me da igual. porque lo que más me importa de este asunto es que hay una madre pegada a una cama de hospital esperando a que su hijo no se muera y otras dos (espero, quiero creer) preguntándose qué coño han hecho mal para que sus niños hayan resultado ser unas bestias incapaces de respetar la vida de sus semejantes y capaces de destrozar una familia y a otro ser humano en concreto por la diversión de sentirse físicamente superiores. Me limitaré a juzgar que dos gilipollas de medio pelo se marquen decidir quién vive o muere de una paliza cuando sale de trabajar y va a tomarse una copa. En qué nivel de testosterona y escaso raciocinio vive esta gandalla a la que hemos criado entre todos por no darles un bofetón cuando se empezaron a salir del tiesto.

Yo tengo un sobrino de 13 años, y como ya he explicado en anteriores capítulos, en mi casa se nos educa como perros pastores. Porque si cae en mis manos un lobo de estos, y más a tan temprana edad, la paliza preventiva se la doy yo.

¿Recuerdan más casos parecidos? El chaval de Murcia al que agredió un portero,, el que estaba  tomando un café y fue brutalmente agredido por un ultra bético… pues claro que los recuerdan si es que los fines de semana y las zonas de copas están llenas de criajos que se creen dueños de la ciudad implantando en miedo. Y que, seguramente, se hacen pipi en el coche patrulla cuando les enganchan por fin. Porque todo lo que pretenden es un escaparate de violencia con el que frenar su vulnerabilidad. Ni son fuertes, ni son poderosos. Son críos que juegan a medirse con los mayores, como si esto fuera una mara y tuvieran que pasar pruebas para entrar en un grupo que les proteja. De hecho, si es cierto que pertenecen a un grupo mayor, tal vez los tiros debieran de ir encaminados a quienes aplauden estas acciones. Porque detrás de una marioneta, siempre hay alguien que mueve los hilos.

No obstante, como decía antes de meterme en ese barrizal con grupos nazis (que amparan a un marroquí), son tantos los casos de violencia en zonas de fiesta que tenemos que volver a preguntarnos cómo estamos criando a nuestros niños. Si la falta de atención y de tiempo con ellos no les está conduciendo a este tipo de personalidad “Hermano Mayor” que criticamos cuando vemos en la tele pero no cuando la tenemos delante. Hablamos de abuso de alcohol con total normalidad, y empezamos a asumir también el de otras sustancias. También en Gijón, hace apenas un mes, una fiesta al aire libre tuvo que ser clausurada por las denuncias vecinales y los casos de varias niñas entre 12 y 15 años con coma etílico. El fácil acceso a bebidas blancas, la extensión de los botellones cada vez a más temprana edad, espolean todo este tipo de cultura. El alcohol incentiva, la droga cataliza y la testosterona hace el resto. Pero tampoco vamos a enfocar el problema en los hombres, porque muchas mujeres también caen en actos violentos semana tras semana para demostrar quién sabe qué. Convierten al resto en su manada, nunca mejor dicho porque desde que los imbéciles sevillanos de la violación en San Fermines aparecieran, cada vez les salen más imitadores que adoptan aquel mote de La Manada para escudar sus tropelías.

Queremos negarnos que nuestros hijos sean de ese grupo, hasta que estas noticias nos saltan a los ojos y nos entra la duda. Y no digo que su hijo sea así, pero igual está consintiendo que lo sea el de la vecina. Y no voy a encargar una legión de perros pastores a estas alturas, pero, madre mía, como venga el lobo y toque a uno de los míos, podéis tener claro que Batman se va a quedar chiquito con la que vamos a liar aquí.

Como ya hemos indicado en esta revista en varias ocasiones, la educación de nuestros niños y jóvenes es cuestión de todos. De cada grupo social que les rodea. No solo de familiares y profesores, aunque siempre recaiga la responsabilidad en ellos. No deja de ser alarmante la escasa formación para educar que tienen los padres de niños que ahora están en la adolescencia, y cómo el sistema educativo se ha apartado en los últimos 10-15 años de ser también un apoyo para esa formación. Nuestros profesionales están desmotivados, asumen menos responsabilidades y esto, unido al poco tiempo que pasan los padres con los niños, se traduce en un libertinaje durante su etapa más influenciable. La manzana podrida que siempre hubo pero se lograba aislar acaba contagiando, si no el saco, a las más próximas. Y se forman grupúsculos que intentan imponer su estilo al resto de la peor forma. Y no estamos exagerando. La violencia está ahí, y los aliños que la provocan también. Y darle la espalda al problema no hace que desaparezca.

La solución tiene que pasar por un cambio radical en la educación, y en el compromiso de todos para atajar el problema. Esto requiere un proyecto muy largo que empieza en cada uno de nosotros, en nuestra casa pero también en nuestro círculo íntimo. A corto plazo que es lo que preocupa, simple: más vigilancia, no solo en la calle sino en los grupos que bien sabe la policía que adiestran y envalentonan a estas criaturas.

Última modificación: 17 julio, 2017

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