Mis primeras putas

Escrito por | Sexo

Cómo pasa el tiempo. Cómo cambia la vida. Cómo sigue el curso de los años, los meses, girando todo alrededor, transformándose, dejando en evidencia a quienes queremos permanecer estáticos en la continua letanía temporal.

No se asusten, que toda esta reflexión pesimista, casi modernista, no es porque me invada el espíritu de Larra o Dámaso Alonso. Más bien, como todo en mi universo simple, tiene un punto de inicio concreto que para ustedes sonará baladí: han reconvertido el primer puticlub en el que puse mis santos pies en una academia de baile.

Corría el año 2008, y estaba en la calle esa magnífica antología de cuentos eróticos escritos por las mejores escritoras españolas del momento, capitaneada por Lucía Etxebarria y en el que participaba, cómo no, esta humilde servidora que, además, trabajaba en un sexshop y tenía un jefe bastante dado a tomar cerveza de puticlub en puticlub. Así, entró por la tienda un señor que decía ser un gran lector, libro en mano, a que se lo firmara. Y me dejó como detalle una invitación a pasar por el local donde trabajaba como portero para que conociera la verdadera cara del mundo de la noche. Mi primer puticlub. Mis primeras putas.

Por supuesto, yo también tenía mis estereotipos fijados en la cabeza. De hecho esos estereotipos se centraban en Kit. Cómo que quién es Kit. ¿Has visto Pretty Woman más de 50 veces y no sabes quién es Kit? Kit es la amiga de Vivian, con sus mechas asimétricas -y quería ser peluquera-, su sempiterno chicle, su maquillaje por kilos y sus medias de rejilla. Madre mía qué decepción. Aquellas chicas eran las mismas que me cruzaba en el supermercado por las mañanas, podría ir sentada en el autobús media hora con una de ellas y no sabría si era limpiadora, administrativa, dependienta, camarera o puta. Vale, luego te fijas mejor, y con el tiempo destacas rasgos que sólo ves y reconoces en las putas. Uno es la mirada. Esa mirada desafiante y desconfiada, con cierto aire de superioridad y mucho recelo. Puedo saber si una mujer ha ejercido la prostitución sólo por esa insolente forma de mirarte a los ojos. Y no me equivoco nunca. Pero eso es avanzar mucho ya en mi historial.

Saludé a mi amigo lector en la entrada, charlamos un rato y me enseñó el local, un sórdido salón. No vi las habitaciones por motivos obvios y por uno que no lo era tanto: a las chicas no les hacía ni un poco de gracia mi presencia. Ese es uno de los motivos por los que muchos clubs no permiten la entrada a mujeres, otro es que puedas ir a buscar a tu marido allí, otro que te vea tu vecino y otro -el más reciente- que seas una feminazi con sed de montar gresca contra la opresión sexual.

Ya en la barra me invitó a tomar una Coca-Cola y me contó su vida, cómo había pasado de cliente a amigo y de amigo a portero. Pero lo que me llamó la atención era el tema de las copas. La Coca-Cola que yo estaba tomando -sin ser yo de Podemos ni nada de eso- costaba 6 eurazos. Y si invitaba a la misma Coca-Cola a una chica tenía que pagar 10 por ella. Los 6 seguían quedando en el local y los otros 4 eran lo que pagabas a la chica por su compañía en lo que tardara en beberse el refresco.

Así se explica brevemente que una chica de club grande, poligonero, de las afueras y no del centro como era el caso de este, pudiera vivir sin prácticamente “trabajar” (vamos, sin follar). Si yo, como chica lista, exploto mi trabajo de una manera práctica y consigo que clientes entre las 5 de la tarde y las 5 de la mañana me inviten a copas constantemente, sufrago los gastos de mi manutención. Lo explico brevemente con números:

Invitar a una copa a una chica en un club grande ronda los 20 euros, de los que, aproximadamente 12 son para la casa y 8 para la chica. El camarero anota las copas de las chicas para saber quién resulta más rentable en ese aspecto y, claro está, para abonar sus emolumentos al final de la jornada.

Bien, si yo consigo que me paguen 10 copas, tengo 80 euros al día. Mi manutención (cama y comida) ronda los 60. Al final de la jornada he ganado 20 euros, no he perdido nada y he escuchado la vida y milagros de, ponte tú, 6 tipos. 6 tipos que, a diferencia del caso del artículo anterior, he elegido yo. Han entrado en un bar y yo les he seducido y abordado. La magia del puticlub. Paco se rascó el bolsillo y se fue de putas esta vez a un sitio más caro, pero, eh: Paco ligó.

El negocio arranca cuando esos clientes quieren subir a las habitaciones. Al club le interesa por partes iguales las copas y el servicio sexual, porque se llevan lo mismo: 10-15 euros. Aunque, claro, una panadería vende pan y un puticlub vende sexo. El objetivo comercial de la prostituta está en dos clientes al día, a poder ser de una hora cada uno. El servicio de media hora ronda los 60 euros (10 para club, por alquiler y limpieza de la habitación, que no es la misma en la que la chica se aloja) y el de una hora 100 (10 igualmente para el club). Así, cumpliendo objetivos, al día nos quedan estas cifras:

Ingresos.

10 copas: 80 euros.

1 servicio de media hora: 60 euros.

1 servicio de una hora: 100 euros.

Gastos.

Manutención y alojamiento: 60

Limpieza y alquiler de habitación: 20.
Al día, un día normal, un día cumpliendo objetivos, la chica ingresa 180 euros. Puede haber días mejores o peores, pero la media es esa. Y lo es, lo creáis o no. Porque el primer día que entré en un puticlub me miraban mal, pero casi 10 años después he trabajado para ellas, con ellas, las he escuchado, me he ido de fiesta con algunas, jamás me he acostado con una, y sé tanto de sus vidas que los próximos artículos llevarán sus nombres y sus historias.

Última modificación: 10 Abril, 2017

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