Niños adultos

Escrito por | Mapaternidad

Ayer, mientras iba maldiciendo que ya haya llegado la calor (tan sólo dos días después de que cayera el diluvio universal por aquí, por cierto) me di cuenta de que ya mismo está aquí el verano, la peor estación del año con diferencia.

Una de las muchas cosas que trae consigo el verano son las vacaciones, y nosotros la pasamos en la playa, por Málaga, como el 80% de los Cordobeses. Y allí, un año más, nos encontraremos con esa subespecie que tanto temo.

Recuerdo una ocasión en la que tenía Laura 4 años y, como ahora, por aquel entonces siempre intentábamos que jugase sola con sus juguetes, para fomentar la imaginación (y descansar nosotros, vale). Es más, la tablet está vetada a los fines de semana y con control (eso este año, que antes no tenía si quiera), la consola lo mismo. No porque seamos unos talibanes en ese sentido, no voy a criarla sin acceso a algo tan importante en esta generación, y menos cuando yo soy de los que ha estado enganchado a esto desde el spectrum, de echo juega conmigo a la Play en alguna ocasión (a los juegos de LEGO que le encantan).

En fin, que era y es una niña que juega con sus pinypon, hace puzzles, le “lee” cuentos a sus muñecos y esas cosas.

Estando por allí, en la playa, una mañana me bajé a la piscina con ella  y después de saltar “cuarenta veces por lo menos, u ocho”, como le contó a su madre después, en la piscina grande, nos fuimos a la pequeña, donde puede jugar tranquilamente.

Dos regaderas, tres princesas Disney que sirven de copas y dos pistolas de agua. Con lo que, en resumen, se montó una peluquería/salón de estética.

Yo estaba entre flipado y orgulloso, claro. También un poco asustado porque pretendía quitarme todo el pelo con las tijeras (las pistolas de agua). Y sí, me encontraba en ese estado de “adulto-niño”, de disfrute total.

A esto que llegó una “amiga” de la playa, que tendrá un par de años más que Laura y se metió en la piscina para jugar con ella. No pudieron. Por más que Laura intentaba explicarle el juego, o inventarse otro, la otra no lo veía claro y lo único que hacía era rellenar las princesas con la regadera, por no aburrirse. Había perdido la capacidad de jugar e imaginar.

No lo digo sólo por ese momento claro, es que el 99% de las niñas con las que tenemos relación por allí tienen la misma característica: NO JUEGAN. Cada verano tenemos el mismo problema, y es que Laura no encaja demasiado con el resto.

Son niños adultos. No les han dado tiempo para disfrutar de la infancia, es más importante enseñarlas a maquillarse, tenerlas todo el día con las uñas pintadas y ponerle modelitos y vestirlas como… mamá.

Y es curioso, nos pasamos el día diciendo “lo bien que se vivía siendo niños”, pero no dejamos que nuestros niños lo sean. Posiblemente ellos no puedan decirlo, ya que no han tenido tiempo de saberlo.

Última modificación: 8 mayo, 2017

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