Paco se va de putas

Escrito por | Actualidad, Sexo

Paco se va de putas

Uno de cada cinco españoles reconoce haber recurrido a los servicios de una prostituta. Bien, ese es el motivo principal de que la prostitución en España suponga un 0,35 del PIB (más de 3000 millones de euros). Uno de cada cinco lo reconoce, luego están los que sólo van a tomar una copa con los amigos y los que jamás le harían eso a su Maricarmen porque la quieren.

La prostitución en España es alegal. Ni es legal ni ilegal, simplemente pasamos de legislarla y que se las apañen. Sí que es cierto que hay ayuntamientos que regulan su ejercicio en las calles, porque la calle es suya y si no les pagas impuestos pues fuera. Que no os engañen, que no es una cuestión de lucha contra la explotación sexual o de bienestar vecinal: si pagaran un canon de impuestos, podrían ejercer en la calle.

Por otra parte, las mismas ordenanzas municipales sancionan a los clientes, no a las prostitutas, con multas de hasta 3000 euros si la actividad delictiva se realiza en la vía pública o entorpece el uso de la misma. Es decir: las cosas privadas, en entorno privado.

Yo de prostitución callejera no sé mucho, así que voy a pasar por el tema de puntillas, pero es lo que el vulgo conoce porque es lo que sale en la tele: vecinos con pancartas, condones en portales, chulos detenidos, reportajes a rumanas y brasileñas con escasa ropa y lengua viperina, peleas callejeras por esquinas. Vamos, una novela de extrarradio. No creo que la realidad se ajuste mucho a esta ficción que nos venden, pero no tengo testimonios que lo atestigüen. Probablemente porque la prostitución callejera es el último paso de una escalera en la que yo me senté a la mitad, donde terminan más que nada mujeres con problemas de drogadicción severos o en altos niveles de pobreza, pero, sobre todo, prostitutas autónomas, si es que eso existe sin que se entere Hacienda.

Yo voy a hablar, como dice mi bio, de lo que conozco. Y antes de meterme de lleno en futuros posts en el mundo de los clubs de alterne, lo haré de los pisos de citas, que además esta semana os habéis enterado de que existen porque le han cerrado uno a Pocholo.

Los pisos de citas son casas particulares, generalmente alquiladas y que no suelen estar en uso por más de un año por motivos obvios que entenderéis fácilmente: meeeeeeeeec. Meeeeeeeeec. Meeeeeeeeec. Si, es un timbre sonando constantemente. Que yo me he criado en una peluquería sita en un piso de pueblo, sé lo que es recibir clientes todo el día, pero súmenle toda o parte de la noche: vecinos hasta las pelotas, denuncias policiales, pérdida de clientes por llegada de vecinos o policía… y a mi que me parece bien.

¿Por qué? Porque como bien dije en la introducción hay que distinguir entre prostitución, trata de blancas y -añado- proxenetismo. La trata comienza en el país de origen, donde se engaña a chicas jóvenes para venir a España en busca de trabajo. Sí que es cierto que en muchos casos se les dice que vienen con un contrato en hostelería u otras actividades, pero es muy frecuente también, sobre todo a estas alturas de la película, que se les reconozca que su profesión será la de puta, pero se ensalzan las condiciones de su actividad, se las engaña diciendo que irán a clubs lujosos, con clientes muy atractivos y ricos, fiestas con famosos y futbolistas… y a ver, que las criaturas se lo creen.

En el momento en que la captación se produce se empieza a generar una deuda, que suele alcanzar los 6000 – 9000 euros y que se le exige amortizar en el menor plazo posible. Y ahí es donde aparecen los pisos de citas:

A diferencia de la calle, donde la prostituta cobra lo que le viene en gana y se lo queda -salvo las que dependen de esa figura vilpendiada del chulo putas que las protege a cambio de pasta- y del club, donde paga por alojamiento y se queda el resto de beneficios varios, en el piso la prostituta cobra o bien un “sueldo” al día, sean cuales sean sus servicios ofrecidos, o bien un escaso porcentaje de los mismos. Esto es el proxenetismo.

El proxeneta en cuestión, además, como parte o último eslabón de la cadena de trata, envía participaciones de ese dinero a la mafia en cuestión, que se va descontando de la deuda generada, y que casi nunca se contabiliza porque ascienden más los intereses generados que el dinero ingresado.

El funcionamiento del piso es el siguiente:

El cliente, al que vamos a llamar Paco, llama a un teléfono que le ha pasado un conocido o ha visto en un anuncio en prensa (los ingresos de la prensa por anuncios de contactos son millonarios, eso sí que da para artículo). Generalmente, nunca se atiende a timbradas al azar por si son vecinos, críos, o policía. A Paco le dan cita, ponte tú, a las 12 de la mañana. La hora del vermut. Paco llega y le abre la puerta la misma persona, casi siempre mujer, que le cogió el teléfono. Lo recibe muy amablemente “qué guapo estás hoy, Paco” y lo mete en una sala de espera. Qué te apetece hoy. Aquí entramos en el tema de los servicios y el tiempo: Paco puede querer desde un masaje con final feliz hasta un completo. Y ojo, que si el piso es de los guays lo mismo tiene hasta servicios especiales: tríos, sado, dominación, vete tú a saber.

Pues a Paco, vamos a suponer que viene con tiempo y ganas hoy, le apetece un completo. Va a pagar por una hora, quiere tres condones y derecho a ducha.

La madame sale de la sala de espera, Paco se aposenta y la sheriff vuelve con la primer chica: arranca el concurso de ganado.

Así se suceden los acontecimientos con 3-4-5 mujeres más, Paco las mira, habla con ellas porque es un galán (muchos no lo hacen) y decide con cuál quiere pasar su hora. Decide Paco. Y si Paco no te gusta, te jodes. Porque manda Paco, porque tienes una deuda, porque es tu trabajo y porque me tienes que pagar a mí por él.

No se centren en la imagen de putero desagradable, gordo y sudoroso, maleducado y agresivo, porque no suele ser el perfil. Ojo, que tampoco son Richard Gere. Paco es un tío normal de 40 y pocos, en vaquero y camisa, con entraditas y alguna cana, que suele ser tímido y que no es que sea tierno en la actividad que va a realizar, pero vamos, que tampoco es Grey. Ese es el estereotipo normal de cliente, pero cada vez es más frecuente también que Paco sea -sobre todo en los clubs de alterne- un chaval de ventipocos que se ha criado viendo porno y tiene un concepto del sexo que no se adecúa a la realidad inmediata que vive con sus parejas y la busca en unas profesionales que tampoco comparten esa visión ficticia y escaparatista del sexo, pero que cobran por fingir que sí.

Total, que Paco, tras elegir a su conquista, disfruta de su hora pagada de sexo consentido. Paga religiosamente antes de entrar, póngase usted, 100 euros. De esos 100, en la mayoría de los casos, 20 irán para la señorita que le acompaña, 40 irán para la deuda de la señorita en cuestión y 40 para el proxeneta o dueño del piso. Y si te parece mal, te jodes.

Las chicas suelen ir de piso en piso por una cuestión de oferta y demanda: los clientes piden chicas nuevas constantemente, así que el material circula entre proxenetas que, además, suelen estar adheridos a las mismas mafias. Paco, salvo que sea un inválido emocional, no termina de coger cariño a ninguna chica en concreto, como sí que veremos que pasa con los clientes de los clubs y su síndrome Pretty Woman.

Finalmente, con parte de su deuda saldada y tras haber circulado por varios pisos, varias ciudades, al cabo de 2-3 años se les ofrece la posibilidad de cambiar el piso de contactos por el puticlub de carretera. Qué lujo, pensaréis. Pues sí, qué lujo. En el próximo capítulo os explico por qué.

Como coletilla os voy a recordar que si conocéis o creéis conocer algún caso de explotación sexual, la Policía Nacional tiene dos vías de denuncia anónima abierta:

Se puede denunciar en el 900 10 50 90 y en trata@policia.es cualquier caso sospechoso de que una mujer esté siendo obligada a prostituirse. Pero antes de meteros en tal percal, os pediría que os asegurárais de que es cierto.

Última modificación: 25 Marzo, 2017

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