Pan de limón con semillas de amapola

Escrito por | Literatura

Como sabríais los que nos seguís en nuestras redes sociales e intuiríais el resto, hemos estado cerrados por vacaciones.

En este paréntesis nos ha dado tiempo a descansar, reflexionar e, incluso, a leer.

Me compré Pan de limón con semillas de amapola por la recomendación masiva de diferentes amigos. Primero lo leyó mi amiga Reyes y los demás se fueron animando en cadena por sus buenas críticas.

Intenté encontrarlo en diferentes librerías y centros comerciales, pero no tuve suerte y acabé buscándolo online.

Debo confesar que, con las ganas que le tenía, no llegó a mí con buen pie. Estaba en pleno proceso de finalización y publicación de mi último libro, y con los nervios no me concentraba a la hora de leerlo. Así que cada noche no avanzaba más de tres hojas.

Durante unas semanas y con el bullicio de los niños lo dejé apartado, y no fue hasta principios de agosto que decidí retomarlo y, entonces, sí que me enganché de verdad.

Curiosamente, siempre intuí la identidad de Lola. Me parecía bastante obvio -vale, igual influye que soy criminóloga-, lo cual no le restó un ápice de interés a la historia.

Me encantó el personaje de Marina y disfruté con la valentía final de Anna.

El libro tiene mucho de realidad, pues nunca sabes en qué momento puede cambiar tu vida y, cuando el amor es de verdad, es imposible que desaparezca por mil vicisitudes y separaciones que haya por el medio.

Curiosamente, yo fui de viaje de novios a Mallorca y aunque en su momento dije lo contrario porque, en definitiva, me lo pasé bien, volví muy decepcionada. Mis padres ya habían ido en su momento y me esperaba otra cosa. Pese a que puntualicé que quería una zona tranquila y de familias, me metieron en un foco de alemanes borrachos con un bebé de poco más de cinco meses. Según la zona a la que me moviera, que llevando un niño no fue muy lejos, lo único que variaba era encontrarme alemanes o ingleses al borde del coma etílico montando bulla. Precioso todo.

Valldemossa

La zona donde Marina y Anna heredan la panadería es justo donde, una vez allí, los mallorquines nos comentaban que era una pena no conocerla, porque desaparecía el aliciente turístico y se conocía realmente Mallorca.

Y, con el libro, me he reconciliado un poco con el caos del todo incluido que, pese a no ser barato, era un lugar donde servían panga, el turismo era de borrachera y un chico se quedó tetrapléjico haciendo balconing.

La historia trata de dos hermanas, cuyos caminos tomaron rumbos diferentes en su juventud y que se reencuentran tras heredar la panadería de una desconocida mujer. No tienen nada se ver entre sí, pero gracias a esa circunstancia vuelven a recuperar su relación fraternal.

Lo de la condición de Anita, ya me podéis matar, pero lo intuí enseguida cuando su descripción me recordó sospechosamente a nuestra redactora Andrea Menéndez Faya en los 90. Me la evocó tanto que hasta me enternecí imaginando a mi amiga dando su primer beso con un chándal de Adidas de esos que llevaban la cremallera abierta por los tobillos.

Fuera bromas, el texto es completamente recomendable. La historia es interesante y cercana en todo momento, engancha, te hace reír a la par que consigue todo lo contrario y, aunque es la primera novela de Cristina Campos, espero que no sea la última.

Lo que pasa es que ahora me he quedado con las ganas de hacer el pan de limón con semillas de amapola de la abuela Nerea y Lola la panadera.

Última modificación: 28 agosto, 2017

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