Pirómanos vs Incendiarios

Escrito por | Actualidad, Sucesos

Por: La López

Cada año, cuando los incendios azotan nuestras zonas verdes, y sabemos que la inmensa mayoría son provocados, no falta una persona que diga “¡Pirómanos, a la cárcel!”. Es una frase tan interiorizada que pocas veces nos paramos a pensar en el trasfondo que tiene, y en los posibles efectos penales de esa conducta, que no son ligeros precisamente.

Pongamos una cifra real: en el año 2016, hubo en nuestro país 140 condenas por delitos forestales causados por incendios. Condenas efectivas a personas cuyo proceso puso permitir identificar al culpable, porque si atendemos a los casos de diligencia abiertas en Juzgados, el número triplica a los de condenas, llegando a 486 casos.  Resumiendo: Que solo 1 de cada 4 casos llega a obtener castigo, para que nos entendamos todos.

¿Pero cuántos de esos casos son realmente pirómanos declarados? ¿Son todos ellos enfermos mentales que sienten un impulso irrefrenable de quemar y disfrutan viendo arder un bosque, una casa, o lo que cojan delante? Pues déjenme que les diga que estos casos son un porcentaje muy minoritario de todos los ocurridos.

Y ya que estamos, ¿Qué significa exactamente ser un pirómano? Para empezar podemos decir que se trata de una patología mental, que se engloba dentro de los trastornos denominados de “control de los impulsos”, y que se encuentra recogido en el CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades) bajo el epígrafe F63.1 conteniendo su comportamiento los siguientes síntomas:

  • Prender fuego repetidamente sin motivo aparente, tal como sería obtener una ganancia monetaria, venganza o extremismo político
  • Intenso interés en observar la combustión del fuego
  • La referencia a sentimientos de aumento de tensión antes del acto y de una excitación emocional intensa inmediatamente después de que se ha llevado a cabo.

Es decir, es el propio manual de enfermedades el que cita que la causa de sus incendios no responde a un aspecto vengativo, de búsqueda de algo económico, sino porque simplemente sienten un impulso incontrolable de encender un fuego y admirarlo. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con el cleptómano (impulso irrefrenable de hurtar objetos, muchas veces de escaso valor por mero placer) o el ludópata (aquel que no puede vencer el impulso de participar en juegos de azar donde la recompensa es casi inmediata) o uno mucho menos conocido como la tricotilomanía (que es ni más ni menos que el impulso irrefrenable de arrancarse pelo continuamente). Todos estos trastornos se engloban dentro de la misma familia de enfermedad psiquiátrica: trastornos de control de los impulsos. Precisamente ahí reside el elemento principal: en que la persona sana puede controlar ese impulso, y estas personas aunque quieran, no pueden hacerlo y por ello es necesario tenerlo en cuenta de cara a imponerles una pena, dado que no se dan los elementos penales requeridos para aplicar la misma como son: la volición (o querer hacer algo voluntariamente) y el intelecto (es decir, saber que se está haciendo algo mal).

En el caso de un pirómano, ellos son perfectamente conscientes de que lo que hacen está mal, y así lo reconocen, pero son incapaces de controlarlo (por tanto afecta a la volición) y pueden tener una rebaja considerable en el caso, dentro de lo que se llama “eximente incompleta”.

¿Qué puede cambiar penalmente si se demuestra fehacientemente que la persona que ha causado un incendio es pirómano, y por tanto, enfermo mental? Pues bien, en este caso debemos atender a la merma que ello suponga en el sujeto de cara al hecho, es decir, la manera en que la volición (o querer hacer) se ve afectada, dado que no todos los casos son iguales y depende de varios factores que estudiará un Psiquiatra y que nosotros no entraremos a ver debido a que no somos profesionales y es labor que pertenece a ellos. Ciertamente, lo que sí podemos afirmar, es que si el sujeto tiene tan afectada la capacidad de decidir y le impide gobernarse a sí mismo hasta el punto de no poder evitarlo, se le podría aplicar una eximente incompleta y ver la pena rebajada.

El problema viene cuando la gente se entera de esto, y queremos hacer ver que todos los que incendian los bosques son pirómanos, cuando no es cierto. Los casos de piromanía pura son escasos y muchas veces se les tilda injustamente, cuando esos supuestos todavía tienen una base psicopatológica que les lleva a actuar así.

La inmensa mayoría de los incendios que vemos cada año son provocados por gente sin escrúpulos, por desalmados a los que no les importa ver arder su tierra, sus bosques, las posesiones, y lo que es peor, las vidas que se llevan por delante con sus acciones. Esa gente ni está enferma ni tiene justificación alguna. Ni tienen ninguna eximente ni excusa penal amparada en nada: son plenamente conscientes de lo que hacen, y saben controlarse perfectamente, lo hacen por hacer daño, sin más. Por motivos vengativos, por motivos económicos, políticos, o lo que se quiera, pero no son personas enfermas.

Sobre ellos es sobre los que debe recaer la Ley con toda su fuerza. Sin justificar no obstante lo anterior, pero sí conociendo teóricamente el porqué de su conducta, somos testigos de primera mano todos los años, de cómo las llamas provocadas devoran miles de hectáreas, casas y vidas humanas por la sinrazón de alguien que hace daño por puro ocio y que le da igual que alguien pierda su casa, las posesiones y animales por los que ha luchado toda una vida y dejarle en la miseria más tremenda, y no puedo concebir tanta maldad en un ser humano al que no le importa nada.

Las penas son bastante elevadas, pudiendo llegar hasta los 20 años de prisión en determinados casos (máxime cuando hay vidas humanas de por medios), además de las multas e indemnizaciones a las que deben hacer frente para responsabilidad civil. ¿Soluciona una multa ver reducida tu vida a cenizas? ¿Bosques centenarios completamente destruidos? ¿Animales huyendo despavoridos de su hogar? Jamás entenderé estos comportamientos mezquinos por parte de un humano, no concibo la maldad gratuita.

Si bien, tampoco es raro ver casos de gente a los que se condena por haber perdido el control de una situación que ha tenido consecuencias devastadoras, como las comunes “quemas de rastrojos” con una sequía terrible y los que no tienen mejor idea que hacer montones de hierba seca y raíces y prenderles fuego para que vaya luego medio pueblo detrás. Los avisos muchas  veces se toman a la ligera y así nos luce luego el pelo. No pensamos que quizá esa hoguera que parece poca cosa pueda irse a la finca de al lado por un golpe de viento o una brizna mal apagada cuando, en un año como este, toda España sufre una sequía digna del libro de los récords, y a estas alturas ya deberíamos tener los pantanos con unas reservas aceptables, al menos en determinadas zonas de la península, y hemos pasado meses sin que apenas hayamos visto caer una gota. ¡Centrémonos! Por el bien de todos, por favor, consejos dados por organismos como Seprona pueden ayudar a que se puedan evitar estas desgracias.

Me gustaría que este pequeño artículo sirviera a modo de diferenciación cuando oímos hablar de estos temas en los medios de comunicación, que dicho sea de paso tampoco favorecen el hecho de que podamos marcar la contraposición de ambos casos tildando ya de antemano de pirómanos a muchos sujetos que no lo son, y dándoles ya la oportunidad de que les salga aún más barato hacer tanto daño.

La prevención es cosa de todos. Debemos ser responsables, y cuidar de un medio ambiente que nos estamos cargando y cuya importancia es vital para nuestro futuro. Ayudemos a conservarlo. ¡No lo quemes, cuídalo!

Última modificación: 7 noviembre, 2017

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