Qué guapa era Carmina

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Por: Elisabeth Morelme

Mirad: si algo me gusta a mí en la vida es el mundo de la moda y la belleza. Bueno y los nachos con queso, pero de eso ya hablamos otro día.

El caso es que hace poco me vi envuelta en una mudanza y de los confines de mesitas de café olvidadas aparecieron antiguas revistas de alto contenido intelectual, el tipo de revista que te pone al tanto de lo que “de verdad” está ocurriendo en el mundo: revistas del corazón.

Me llamó particularmente la atención una. En portada a (casi) todo color, ella, la reina de corazones, “nini” por excelencia de los años noventa, la emperatriz del dolce far niente. La gran Carmina Ordóñez (apunte para los Millennials: googleadla. Ahora.)
El caso es que compartí a Carmina en primera plana con la única persona que sabe de todas aquellas cosas que de verdad importan en la vida, así sean nutrias nazis o política, Andrea Menéndez. Su comentario fue el mío: “qué guapa era Carmina, tía”.

Lo era. Ahí se erguía ella en un perfecto contra picado (que nos cogen a cualquiera de nosotras, pobres mortales, en ese tipo de plano y salimos directas para coger hora con un cirujano estético y hacernos un completo), mirada pensativa al infinito, sobre el titular: “yo soy una mujer muy libre”.

Tócate el pie, Mari, así te lo dice, con todos sus tacones.

Y oye, ¡tan libre que era! Sin oficio conocido se dedicaba a vender su vida y milagros pero eh, con clase, con elegancia. Con un glamour que a día de hoy las “estrellas” del corazón hacen brillar por su ausencia.

Carmina no frecuentaba Ibiza o Gandía, ella era mística, exótica. Ella se retiraba a Marrakech a “meditar” (o lo que sea que se haga en Marrakech, a mí no me preguntéis, yo soy más de estíos en Levante) y a exclusivas fiestas con la “jet” mundial.

Sencilla, con su pañuelo al viento y unas pocas joyas adornando su moreno veraniego.

Lo mismito que Belén Esteban volviendo de la playa en Benidorm. Belén somos tú y yo: los pelos de loca, toda “socarrada” por el sol, cara y andares de estar a punto de entregarle su alma al Señor (¿por qué cansa tanto la playa? ¡Por favor, que no es un triatlón!), renegando para que Andrea no se despistase y se comiese lo que tocaba ese día sin rechistar, al borde de un ataque de nervios que ni Carmen Maura en las películas de Almodóvar. Y Belén volvía a Madrid más o menos igual de relajada que volvemos tú o yo: deseando que Andrea volviese al colegio, que su pareja se fuese a trabajar y dejase de tenerlo en la chepa todo el día y quedarse tranquila en su casa hasta la hora de trabajar.
Poco a poco nos fuimos quedando sin Carminas, las Belenes inundan las revistas rosas de hoy en día.

Y aunque tiene su puntito reconfortante ver que Belén también engorda si come paella y bebe cerveza de más, que ella también vuelve de la playa como quien vuelve de la guerra, que a ella las vacaciones tampoco le resultan tan relajantes como puede parecer, qué queréis que os diga: yo para verme a mí misma en una revista no la miro, la verdad. Yo ya sé cómo es mi vida, no quiero más de (salvando las distancias) lo mismo. Quiero grandeza, magnificencia, paisajes de ensueño, rostros relajados, moreno lucido, taconazos de infarto (en vacaciones me voy a poner yo tacones, ¡ja! Es que ni aunque tenga una reunión con él presidente de los Estados Unidos De América (God Bless America), vamos.
Yo cuando me siento en la silla de la peluquería y estoy hecha una antena parabólica humana con la cabeza llena de papel de aluminio y ese peluquero abriéndose paso entre cables de secadores de pelo y carritos de manicura, insistiendo en cortarme el pelo (qué manía tienen todos con cortar siempre, oye. Y qué distinta su visión de los que son “las puntas” de la nuestra) quiero ver algo que me saque del hastío de mi rutina. Que Belén Esteban es obvio que se hace el color todos los meses pero jamás se vio a Carmina sentada en la peluquería con las platas en lo alto gritándole a pleno al peluquero por encima del ruido de los secadores que no se ponga cansino, que no se va a cortar NA-DA, ni las puntas.

Y ojo, Carmina el color también se lo hacía y el pelo se lo ahuecaba. Mucho. Continuamente. Pero hasta eso lo hacía con gracia, la jodía.

Última modificación: 9 Mayo, 2017

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