¿Viven bien las putas?

Escrito por | Sexo

Mi intención no es que dejéis los bártulos y os metáis todas y todos a putas y gigolós, pero viven muy bien.

Viven bien desde el momento en el que asumen su profesión como lo que es y aprenden a ejercerla sin cargos de conciencia. La imagen que tenemos es de mujeres prácticamente secuestradas de sus países de origen, que viven hacinadas en barracones, maltratadas, violadas. Que lloran tras acostarse con un cliente, que intentan suicidarse prácticamente todos los días. Tenemos esa imagen porque es la que vende, la que nos han dibujado en películas y con la que hemos convivido gracias a la moral cristiana que nos aleja de estos antros de vicio y perversión. Y, lamentablemente, tenemos esta visión porque algunas de estas mujeres viven en esas condiciones y no ejercen libremente la prostitución. Yo no he conocido nunca ese caso, tal vez porque mi región está bastante limpia en cuanto a estos casos se refiere. También porque en esta zona mueve más dinero la droga que el tráfico de blancas.

El único caso de explotación sexual que yo me he encontrado de refilón fueron nueve bielorrusas que trabajaban en un club y que, tras una redada, se descubrió el pastel de que sus papeles eran falsos y habían venido aquí a través de una mafia. Yo paraba bastante por ese club, y nadie sabía nada del tema. ¿Por qué? El funcionamiento es sencillo:

Un club necesita chicas para trabajar, sino, cierra. Y las chicas no pueden ser siempre las mismas, porque los clientes se aburren, y sino, cierra. A las chicas se les ofrece la posibilidad de irse a otras comunidades autónomas, lo que para ellas también genera más ingresos, porque los clientes buscan nuevas caras de vez en cuando. Cuando hay un grupo de chicas que quiere irse a otra región, se establece el contacto entre clubs, y, durante una quincena, o un mes, se produce un intercambio. Un Erasmus de la prostitución. Cinco chicas de mi club de Bilbao van a ir a tu Club de Asturias, y viceversa. Nadie pregunta nada, por tanto, tampoco sabes a lo que te expones. Si te la meten doblada, recibes chicas que deben dinero a una mafia, y eso, es trato de blancas. El intercambio no, el intercambio es, simple y llanamente, una oportunidad de negocio tanto para el club como para las chicas, ambos salen beneficiados. 

¿Qué entendemos por mafia? Cualquiera que explote sexualmente a una mujer que no percibe ningún salario por ello. Gente que se dedica a encontrar mujeres en países deprimidos, ofrecerles papeles y trabajo en España y que cuando llegan aquí las obligan a ejercer la prostitución para obtener esos papeles. Además, el dinero que generan durante los meses que estos señores estimen oportuno, le pertenece en exclusividad a sus “representantes” para saldar la deuda del viaje.

¿A cuánto asciende una deuda con una mafia de trata de blancas? Es incalculable. En Colombia suelen pedirse entre seis mil y nueve mil euros. En los Países del Este rondan los cinco mil. Cada mafia mueve centenares de mujeres al año y los gastos de traerlas aquí no alcanzan a los mil euros por cada una de ellas, por tanto, el beneficio que generan por un simple viaje, es 10 veces mayor, por mujer, que el desembolso.

Ya hemos visto los números de una chica que trabaje en un club, por tanto no nos es difícil calcular que en unas 12 semanas puedes saldar tu deuda con el mafioso de turno y salir de la prostitución si es lo que deseas. El problema es que no lo desean.

El primer día, el primer cliente, tiene que ser durísimo. Sentirte en la obligación de mantener relaciones sexuales con un hombre que no te atrae, que en muchos casos te produce asco, y saber que si no lo haces tu vida y la de tu familia corren peligro. Apartar todos los credos que te enseñaron de pequeña para adaptarte a una forma de supervivencia que has tenido que aprender en dos segundos. Creer que renunciarás a tu vida, a tus sueños. A tu verdadera historia de amor. Que no encontrarás a nadie que te quiera después de hacer lo que estás haciendo. Rechazarte. Perder todo el respeto que tenías en tu persona, y creer que los demás tampoco te respetarán. Durante los 20 minutos que tengas a ese hombre encima –o debajo- sentirás asco por ti misma. Todas las mujeres que salen en este libro coinciden en eso mismo. El primer cliente es la peor tortura. Pero en cuanto cierra la puerta y te metes en la ducha, se desbloquea una parte de tu mente: todos los clientes son ese cliente. No hay nada más que pueda tumbarte. Ya te has hecho fuerte. Sabes que ya ha pasado lo peor. Y surge esa coraza que tienen las putas que hacen que todo lo que opinemos el resto de mortales sobre ellas se la traiga al pairo.  

Y es entonces cuando se acostumbran a esa vida. A ganar 1000 euros a la semana, a trabajar todas las noches y descansar durante el día. A ver a tu amiga como tu competencia, a no confiar en la gente más que lo justo. A seducir, sacar partido a tu cuerpo e inventar una labia que no tuviste nunca. Sobreviven viviendo muy bien. En el Club les dan todo hecho, sólo tienen que limitarse a trabajar en lo suyo, en lo que no puede meterse nadie. Sabes que cobrarás lo que trabajes, que si sólo tomas copas cobraras infinitamente menos, y que si eres lista y a parte de follarte a un cliente te lo ligas, tienes un dinero mensual garantizado.

Pero, ¿es posible hablar de prostitución sin pensar en trata de blancas? Lo es. Muchas mujeres acuden a esta opción voluntariamente en nuestro país. Universitarias para pagarse los gastos de la carrera (y los de las fiestas), mujeres de mediana edad con cargas familiares e hipotecarias por saldar, y, por supuesto, mujeres a las que lo que les gusta es el sexo y encuentran en este trabajo una forma de saciar sus ganas y alimentar su cuenta corriente. Son las que menos, pero las hay. De aproximadamente 200 mujeres que he conocido en este mundo, sólo he conocido a tres que se hayan metido a putas por curiosidad. Una de ellas era una conocida de la infancia que encontré en un club de carretera, sorprendida, le pregunté si estaba bien y si necesitaba algo.

-Mira, yo salía por la noche, me metía cuatro rayas y me tiraba a cinco tíos que no conocía de nada. La mitad de las veces ni me acuerdo de cómo eran. Ahora hago lo mismo y encima cobro una pasta. A mí esto me gusta. Puedo trabajar en un supermercado por un sueldo fijo que no me da para nada, salir y follarme a cualquiera, pero aquí por lo menos estoy controlada, sé que no me van a pegar nada porque lo voy a hacer con condón, ya se encargará él de ponérselo si a mi se me pasa. Y además, me saco mucha pasta, Andrea, mucha, mucha pasta.  

Thábata. 

Lo normal cuando una chica encuentra dinero fácil en este trabajo es que se lo cuente a sus amigas y compatriotas y las convenza de dar el paso para que ellas también ganen lo suyo.

Menos normal, pero también frecuente, es el caso de Thábata y Daniela, dos hermanas brasileñas que conocí hace tres años en el club para el que yo trabajaba. Tenían 23 y 21 años respectivamente. Vinieron a España para trabajar en Ibiza como gogós. A Thábata le ofrecían dinero muy fácil en las discotecas. Vienes conmigo al baño, nos pegamos un revolcón y te doy 50 euros. El sueldo no daba para tantos gastos, y fue aceptando y sobreviviendo así. Eran chicos jóvenes, guapos, cachas, con los que te acostarías sin recibir un duro a cambio, pero que te veían la pinta de puta y daban por hecho que ibas a cobrarles. Eso también les daba derecho a hacer contigo fantasías que no le iban a pedir a un ligue cualquiera.

Cuando existe un intercambio sexo-dinero, el cliente se cree que adquiere un título de propiedad.Que durante el tiempo que tiene alquilada a una chica puede hacer lo que quiera con ella. No hablamos de cosas graves. Una simple lluvia dorada o alguna fantasía sadomaso light son las reinas de las peticiones. La chica se ve condicionada por el previo pago, y cede. Y esta cesión es de la que se nutre la prostitución. Hombres que no se atreven a pedirles a sus novias o mujeres ciertas cosas y a una chica que no conocen de nada, sí.

Un día, en una discoteca, Thábata conoció a un hombre de 50 años que le prometió un sueldo mucho más amplio si hacía pases privados de baile en su club. En realidad, la diferencia era escasa. De bailar con un discreto bikini a hacerlo completamente desnuda, sin tener que tocar a nadie. Cuando entró en el club, vio que el dinero se movía de verdad en las habitaciones, y le pidió a aquel hombre subir con algún cliente a su elección. Él le explicó que eso era lo que hacían el resto de chicas. Elegir a los clientes que querían camelar y conseguir que subieran. Era exacto a lo que ella hacía en la discoteca, cambiando cachas por tipos normales, y fue su primer paso en la prostitución.

Ganaba cerca de 2000 euros semanales entre bailes y servicios. Su hermana seguía siendo gogó, hasta que recibió su llamada. Se encontraron en el club, subieron a la habitación, hablaron de la posibilidad de ahorrar quince mil euros mensuales (que nunca llegarían a ahorrar) y poder comprarse una casa en un año y retirarse. Tampoco lo hicieron. Fueron rondando por clubs de Ibiza, Mallorca, Barcelona, Valencia, Madrid, hasta que yo las conocí en Asturias. Lo último que supe de ellas es que estaban en Fuengirola.

Nunca se asentaron en ningún sitio, porque tampoco les hizo falta. No se separaron en ningún momento. A sus padres les decían que seguían trabajando en discotecas, como bailarinas o camareras. Nunca sospecharon otra cosa.

Thábata me tenía cariño porque yo cuidaba de ella, o eso era lo que ella sentía. Se fue a Bilbao a pasar un fin de semana con un cliente especial y volvió con unas anginas de escándalo con las que no podía trabajar. Le preparé unas gárgaras de vinagre caliente agua y sal y se le quitaron en unos minutos. Con el dinero que ganó esa noche me compró un reloj que aún conservo. Era muy tierna, detallista y buena chica.

Daniela era más desconfiada, nunca entablamos una conversación larga. Una noche se fue con un cliente a la habitación, y ya fuera por gula o por inconsciencia, se metió por la nariz todo lo que el cliente le ponía delante. Mirad, los clientes suelen ir enfarlopados hasta las cejas, y a las chicas les gusta la droga más que los zapatos –que ya es decir-. Pero por lo general, cuando un cliente ofrece de más (por presumir más que por necesitar) saben soplar en vez de aspirar. Daniela, al menos ese día, o no supo o no quiso.

Al día siguiente estaba en la habitación, tiritando y sudando. La tapé con cuatro mantas y seguía teniendo frío. Thábata me pidió que la cuidara, que estuviera atenta a si le pasaba algo y bajara a avisarla al salón. No querían llamar a un médico por el pánico absurdo que tienen todas las extranjeras a que los médicos vean que no tienen papeles y llamen a inmigración. Me senté junto a su puerta, y adelgacé mínimo tres kilos subiendo y bajando aquellas empinadas escaleras en busca de agua y fruta toda la noche. Cinco horas después, su temperatura se había normalizado. La resaca era de escándalo.

Fue cuando me di cuenta de que Daniela nunca confiaría en mí. A pesar del esfuerzo hercúleo que había hecho para que estuviera bien, y el pánico que sentía por si se moría en mis brazos mientras intentaba que se comiera una mandarina, seguía mirándome con los mismos ojos que el primer día, cuando me hizo una radiografía al pie de la cabina telefónica de recepción. Seguía pensando que yo le haría daño. Que estaba ahí para aprovecharme de su trabajo y ganar más dinero –yo, que era feliz si no trabajaban porque eso suponía tener que limpiar menos-. Y comprendí que Daniela no era feliz. Que hacía este trabajo porque su hermana quería seguir en él. Que las cuentas que Thábata había hecho para ganar tanto dinero no cuadraban porque Daniela prácticamente no subía con ningún cliente. Que había días en los que ni siquiera bajaba al salón y cubría con las copas el dinero de la estancia.

Que tal vez lo de la noche anterior no fuera un acto inconsciente sino una llamada de socorro a su hermana.

Última modificación: 19 agosto, 2017

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