Vuestros propósitos de Año Nuevo

Escrito por | Actualidad

No me gustan eso que los demás llaman “fechas especiales”. No regalo en San Valentín, no hago bromas en los Santos Inocentes, no pido deseos a medianoche en San Juan. No me gusta la Navidad. Nunca me gustó, o sí, pero era tan cría cuando dejé de celebrarla que una cosa se mezcló con la otra. Y, bueno, este año con la silla de mi madre vacía qué te voy a contar.

Y el 31 de diciembre. El repaso obligatorio del año, los propósitos del nuevo, las uvas, el cotillón. Qué pereza. Como si nos hiciera falta un día en rojo en el calendario para replantearnos la vida, para saber qué queremos hacer: dejar de fumar, salir a correr, ahorrar. Como si nos hiciera falta pararnos a pensar en quién nos importa, a quién queremos, por qué dejamos que haya gente haciéndonos daño.

En mi caso, el día clave para todo eso fue la muerte de mi madre, el 15 de Noviembre. Esa fue mi Nochevieja. Ahí me di cuenta de a quién le importaba y a quién no, qué gente tóxica había estado chupando mi energía y mi tiempo y quién de verdad lo merecía. Llevo desde entonces en un mutismo espectral, roto por algunas conversaciones vacías y por alguna compañía necesaria para repartir el peso. También llevo desde entonces sin llorar. Pero esa es otra historia, o la misma, no lo sé.

El caso es que el silencio es el grito más revelador. No sé si esta frase me la he inventado yo o ya la había leído antes y se me quedó grabada a fuego en el subconsciente de tal manera que la entendí en el peor momento de mi vida. El silencio me enseñó con quién debía romperlo y también que, quien no te obliga a hacerlo, no es que te respete sino que te ignora. Supe que había amistades que nunca lo fueron y que había gente con la que podría contar hasta el fin de los días. Supe que había gente que me había usado para no estar sola y que le daba igual lo sola que estuviera yo mientras no le afectara. El silencio me enseñó que da igual cuánto nos empeñemos en querer a alguien, hay gente que no puede quererse más que a sí misma.

Y no me hizo falta llegar al 31 de diciembre de ningún año. Ni uvas, ni ropa interior roja, ni 12 deseos, ni brindis, ni el pie derecho en el suelo. No necesité una lista de cosas que hacer, ni de personas que tachar o conservar. Simplemente, todo ocurrió naturalmente. Porque la vida son ciclos, y no empiezan o terminan cuando nosotros lo decidimos sino cuando tienen que hacerlo. Yo dejé de ser la gilipollas de la que todo el mundo se aprovechaba cuando entendí que no le importaba a casi nadie que mi madre se hubiera muerto sin que me despidiera de ella, cuando hacía más de dos años que no me reconocía. Ahí entendí que tenía que cambiar, y lo hice. Para mejor o peor, no lo sé, no me importa.

Me parece bien que seáis tradicionales y penséis en esta noche como algo especial, un principio y un fin. Si de verdad lo creéis, cumplidlo. Pero cumplidlo de verdad. Romped con la toxicidad, apuntáos al gimnasio, aprended a tocar la guitarra. Lo que sea que creéis que os va a hacer más felices en 2018. Tenéis otra vuelta al Sol para cumplirlo, porque es lo que estáis celebrando. Pero el verdadero cambio llegará cuando vuestro mundo se venga abajo. Ni más, ni menos. Ahí es donde vais a saber lo que de verdad queréis hacer y lo que no podéis soportar más tiempo.

Y hacedme caso: sacad de vuestra vida a toda esa gente que no os aporta, que os quita, que no os deja ser. Y pasad todo el tiempo que podáis con quienes os quieren. Sobre todo con vuestra madre.

Última modificación: 31 diciembre, 2017

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: