Cincuenta sombras (liberadas) de Grey

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… el esperado final de la última saga de Disney.

 

 

La trilogía calentorra comercial más conocida de todos los tiempos llega a su fin.
El Señor Grey, por fin, va a convertirse en El Señor Mr. Wonderful Pink.

Y es una pena, la verdad. No lo digo por las películas, que audiovisualmente, algún atractivo pueden tener, como los paisajes, la banda sonora o el pequeño hermano ilegítimo de Albert Rivera y sus grandes dotes interpretativas, que tiene un solo registro, porque te mira igual te vaya a tomar encima del piano o te vaya a dar seis castañazos con la palma de BDSM que ríete tú de la zapatilla de tu madre.
Lo digo por los libros.

Corría el comienzo del año 2013 cuando una maquilladora inglesa a la cual sigo en YouTube comentó que estaba leyendo “50 shades of Grey” y que tenía sentimientos encontrados, que si alguien lo estaba leyendo también o lo leía, le diese su feedback.
Poco después me paseaba por un quiosco de la T4 de Barajas y vi “50 sombras de Grey”: es el libro que comentó Sam, voy a cogerlo. Ay madre, qué error más grande. Qué me costaba haber leído la sinopsis de la contraportada.

Total, que ahí voy yo a leer aquello y mira, por principio, nunca, jamás dejo un libro o una película por terminar. Aunque me cueste la vida misma acabarlos.
Pero no pude con la primera entrega, no pude, fue superior a mis fuerzas, a mis capacidades, a todo lo que soy y todo lo que tengo (que no es Viceroy).
De hecho, esta reseña, comencé a escribirla entonces en mi hoy día abandonado blog.

Veréis, yo de un libro admiro la facilidad de lectura complementada con la variedad de léxico, que la prosa sea ágil y aunque contundente, no resulte pesada. Así, para empezar.

Pues empecé muy mal. Ya de entrada, Anastasia me cayó como un suelo empedrado y empinado en taconazos, a las cinco de la mañana, al salir de fiesta (Roma, te amo pero estoy pensando en ti).
El léxico no ayudó mucho. Mira que en el campo semántico del sexo (en el registro coloquial) hay variedad, ¿eh?, pues como si tal cosa. De hecho, os voy a hacer un resumen de la trilogía entera en una oración y una frase :

– Anastasia, si sigues haciendo eso (lo que sea, cualquier cosa, cualquier excusa es buena) te voy a tener que follar.
– ¡Ay, Señor!

Ya está. Esa es toda la intensidad en los diálogos y eso lo lees a razón de quince veces por página.
Que te digo más, a mí se me parece Clive Owen en persona y cada vez que quiera fiesta me dice Elisabeth, si sigues haciendo eso, te voy a tener que follar y a la tercera le digo Clive mío de mi vida y de mi corazón, o cambias un poco la expresión o a mí esto ya no me pone ni un poco, por mucho que me lo digas con esa voz grave y en Inglés. Un “te voy a enfoscar en la pared que van a tener que sacarte de ahí los bomberos”, “te voy a dejar que no vas a tener fuerzas ni para seguir corriéndote”, yo qué sé, una variedad, un poco de demostrar que sabes decir algo más que mi nombre y “te voy a tener que follar”. Que si le quieres quitar todo el componente romántico al coito y quieres hacer alusión a él de forma brusca, será que no hay maneras, especialmente teniendo en cuenta lo machista que es el libro.

Te digo más, ¿cómo es eso de que me vas a “tener quefollar? ¿Desde cuándo hay que follarse a alguien por obligación? No, guapo, a mí no me castigues follándome porque ni que fuese un suplicio, máxime cuando te desahogas dándome de guantás, suplicio en todo caso para mí.

Y si me lo dices mirándome con la misma cara que me miraba mi padre de pequeña cuando había liado alguna trastada, apaga el intensómetro y encuentra mi bolso dentro de tu súper mansión, que llamo un Uber y me voy.

O varías un poco la expresión facial o varías la expresión verbal, ser un bloque de cemento armado a mí no me excita, Sr. Grey. La primera vez, igual. La trigésimo novena me da una pereza que me muero.

 

De vez cuando hay un poco de historia en el sexo, tampoco os creáis que es todo meterse en la mazmorra del Sr. Grey y dejarse pegar una paliza al son de “¡ay, Señor!”.
Y es muy entrañable, esa historia. Muy poco previsible, eso fue lo que más me enganchó. Que no me imaginaba para nada cómo iba a desarrollarse y terminar la historia.

Tan es así que quinientas amigas me dijeron que lo estaban leyendo también y, por supuesto, les encantaba. Al fin y al cabo, ¿a quién podía no engancharle esa fina y delicada pluma y ese personaje femenino tan pánfilo, que parece de cristal checo, la chiquilla? ¿Quién podía no morirse de morbo y amor a partes iguales ante un tío multimillonario, stalker, controlador, obsesivo y con más problemas mentales que ceros en sus cuentas bancarias?

Vamos, el sueño de mi vida es tener un novio que me ordene comer y decrete él, con apoyo de sus bigotes, el menú; que me caliente el cuerpo más allá de la palabra de seguridad porque le pone verme sometida hasta la humillación y el dolor no placentero y que además sea una olla a presión oxidada, que no se abre ni con toda la palanca y el aceite lubricante del mundo. Llevo soñando con ser la muñeca hinchable de un tío con pasta desde que nací, vaya.

Bueno, a lo que iba, que me disperso: mis amigas se sorprendieron de que no me gustase el libro (y más aún de que no hubiera mejorado mi vida sexual en lo más mínimo) y me dijeron que qué lástima que me fuese a perder el desarrollo y final de la historia. Yo les dije que ya sabía lo que iba a pasar y ellas, las que se escudaban en que lo leían por curiosidad con respecto a la vida de Albert Rivera Junior y su historia de amor con Anestesiá (en serio, entre el Ibuprofeno para el dolor de las sesiones y lo blanda que es, esa chica iba puesta de Orfidal y Valium hasta el flequillo, si no no me explico tan poca sangre en las venas), que iban a leerse los tres tomos solo por curiosidad científica. Les dije que una vez terminasen los tres libros me dijesen si todo se había dado como predije. Adivinad qué pasó. Pues que tuve razón y ni pajolera falta me ha hecho perder horas de mi vida leyendo la misma cópula y el mismo diálogo mil quinientos veintidós millones de veces. Es que si hubiera seguido leyendo el primer libro y además los dos siguientes, me habría pegado un tiro en la boca, de puros indignación y aburrimiento supino.

Moraleja: hoy en día, para que te publique una editorial y te compren los lectores, lo último que necesitas es talento. Solo escoger el tema adecuado y ¿qué mueve en el mundo más dinero que la política? El sexo. Igual o más que las drogas.
No necesitas tener un vocabulario amplio ni no hacer faltas de ortografía (eso ya lo arreglará un corrector si con el del editor de textos de tu ordenador no es suficiente), tú ponte a escribir escenas de sexo una tras otra y salpícalas de un poco de misterio y traumas infantiles.
Y voilà, ya tienes un bestseller. De nada.

 

Que sí, que se parecen, míralos bien: se parecen

Última modificación: 22 noviembre, 2017

One Response to :
Cincuenta sombras (liberadas) de Grey

  1. Olga dice:

    Me parto con lo de Anestesia. Yo, devoradora de libros, ni los he leído ni me interesan. Y estoy segura de que no me pierdo nada

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